martes, 3 de marzo de 2009

"En el viejo puente" - Lidia Guglielmotti


En el viejo puente

El cielo estaba muy nublado, hacía presumir que se acercaba la tormenta.
Miró el reloj, vio que era temprano para la cita. Tenía mucho tiempo por delante. Estaba ansioso porque se concretara después de tantos años y se preguntaba una y mil veces por qué quería verlo. Él la había borrado de su memoria y, de repente, un amigo común apareció con la novedad; no tuvo valor para negarse. Por más que lo pensó, no se daba cuenta de cuál podía ser el motivo de la propuesta. Lo cierto es que allí estaba, desconcertado.
Se acercó hasta el antiguo puente sobre el ferrocarril por el que sentía emoción desde sus años infantiles, cuando su padre lo llevaba a caminar. La admiración por la ingeniería del puente llegó con la adultez. Le parecía perfecto y, de verdad, lo era. La solidez lo deslumbraba y hasta lo veía hermoso.
Con lentitud ingresó en él; si algo le sobraba era tiempo. A esa hora pasaba muy poco tránsito.
Como emergiendo de la nada, vio a lo lejos la silueta de ella que se acercaba lentamente.
Casi en el punto medio del puente se encontraron.
Los dos se detuvieron. Se miraron fijamente. Cada uno pensó al ver la cara del otro que los años transcurridos no habían sido buenos, las huellas del tiempo eran notorias y muy marcadas. Ninguno encontraba palabras para empezar a hablar.
Algunas frases convencionales, dichas sin mucho entusiasmo, ayudaron a romper el “hielo”.
Cada uno recordaba la voz del otro y la notó muy diferente a la que guardaba en la memoria. Los años de encierro cambian a todos, y él no era una excepción.
Él no preguntó; ella dijo en forma terminante:
—¡Fui yo quien te delató!

Autora: Lidia Guglielmotti. Centro Cultural Elías Castelnuovo.

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lunes, 29 de diciembre de 2008

"Los cien puñales de un sauce hieren las aguas del río" - Lidia Guglielmotti


Los cien puñales de un sauce hieren las aguas del río

Zulema sufría de una larga enfermedad que tuvo en vilo a todos sus familiares. Varios médicos la trataron pero no la podían diagnosticar, por lo que recetaban variedad de medicinas y tratamientos que no hacían efecto; hasta hicieron una junta con varios colegas que en el ambiente se los consideraba como verdaderos genios; la vieron toda clase de especialistas, le hicieron los más variados análisis y estudios. Hasta consultaron a un brujo que, como todo brujo, confundió mucho más a sus familiares.
Ella guardó celosamente las propuestas del mismo; en contra de todos: Zulema le creía y lo admiraba; esperaba que se cumpliera lo augurado. Es más, era lo único que la ataba a la vida mientras a su alrededor veían que iba hacia la muerte.
Desesperados, a regañadientes, accedieron a que Zulema fuera donde, según lo sugerido por el brujo, encontraría sanación y la desaparición de todos sus males.
Por suerte para todos, los tíos seguían viviendo en Valle Hermoso. Tenían la seguridad de que la cuidarían celosamente y, por otra parte, sabían que la querían.
Como era de esperar, éstos aceptaron con agrado y, como gente del interior, creían que el sólo contacto con la naturaleza del lugar iba a lograr el milagro que esperaban, aunque a decir verdad no sabían de la gravedad de su salud deteriorada.
Fueron muchos loa meses en los cuales Zulema estaba sin fuerzas, desganada. La tristeza la invadía; había dejado de trabajar. Familiares y galenos estaba desesperados. Suponían que si tuviesen un diagnóstico encontrarían la terapia adecuada.
El no saber qué enfermedad tenía desesperó a todos, que permitirían este viaje sólo por complacerla, no porque creyeran en lo que había dicho el vidente sino porque era la última esperanza que tenían.
Así fue como la llevaron a Valle Hermoso y, cumpliendo sus deseos, ellos volvieron.
Pasaron varios días en los que no salía de la casa.
Seguía igual.
Hasta que dijo que iría sola hasta el arroyo y así lo hizo.
Al llegar se deleitó con el canto del agua cayendo entre las piedras; caminó hasta que encontró un sauce que hundía sus ramas en el arroyo; lo acarició por un largo rato, se sentó debajo de él, cerró los ojos y allí se quedó.
Sintió renacer su energía, sonrió y volvió a la casa.
Se había cumplido la promesa del brujo. El sauce hizo el milagro.

Autora: Lidia Guglielmotti – Centro Cultural Elías Castelnuovo.



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