lunes, 29 de diciembre de 2008

"Los cien puñales de un sauce hieren las aguas del río" - Lidia Guglielmotti


Los cien puñales de un sauce hieren las aguas del río

Zulema sufría de una larga enfermedad que tuvo en vilo a todos sus familiares. Varios médicos la trataron pero no la podían diagnosticar, por lo que recetaban variedad de medicinas y tratamientos que no hacían efecto; hasta hicieron una junta con varios colegas que en el ambiente se los consideraba como verdaderos genios; la vieron toda clase de especialistas, le hicieron los más variados análisis y estudios. Hasta consultaron a un brujo que, como todo brujo, confundió mucho más a sus familiares.
Ella guardó celosamente las propuestas del mismo; en contra de todos: Zulema le creía y lo admiraba; esperaba que se cumpliera lo augurado. Es más, era lo único que la ataba a la vida mientras a su alrededor veían que iba hacia la muerte.
Desesperados, a regañadientes, accedieron a que Zulema fuera donde, según lo sugerido por el brujo, encontraría sanación y la desaparición de todos sus males.
Por suerte para todos, los tíos seguían viviendo en Valle Hermoso. Tenían la seguridad de que la cuidarían celosamente y, por otra parte, sabían que la querían.
Como era de esperar, éstos aceptaron con agrado y, como gente del interior, creían que el sólo contacto con la naturaleza del lugar iba a lograr el milagro que esperaban, aunque a decir verdad no sabían de la gravedad de su salud deteriorada.
Fueron muchos loa meses en los cuales Zulema estaba sin fuerzas, desganada. La tristeza la invadía; había dejado de trabajar. Familiares y galenos estaba desesperados. Suponían que si tuviesen un diagnóstico encontrarían la terapia adecuada.
El no saber qué enfermedad tenía desesperó a todos, que permitirían este viaje sólo por complacerla, no porque creyeran en lo que había dicho el vidente sino porque era la última esperanza que tenían.
Así fue como la llevaron a Valle Hermoso y, cumpliendo sus deseos, ellos volvieron.
Pasaron varios días en los que no salía de la casa.
Seguía igual.
Hasta que dijo que iría sola hasta el arroyo y así lo hizo.
Al llegar se deleitó con el canto del agua cayendo entre las piedras; caminó hasta que encontró un sauce que hundía sus ramas en el arroyo; lo acarició por un largo rato, se sentó debajo de él, cerró los ojos y allí se quedó.
Sintió renacer su energía, sonrió y volvió a la casa.
Se había cumplido la promesa del brujo. El sauce hizo el milagro.

Autora: Lidia Guglielmotti – Centro Cultural Elías Castelnuovo.



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1 comentarios:

A las 29 de diciembre de 2008, 22:05 , Blogger mmmoira ha dicho...

No sé si vale pensar finales alternativos, quizás sea como jugar a las carreras del domingo con el diario del lunes. Pero me atrevo. ¿Por qué no se quedó en el sauce para siempre? Después de todo, que la vida continúe no siempre es el mejor final...
Me gustó de todos modos la simplicidad del relato, en su estilo y su desarrollo. Gracias por compartirlo.

 

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