jueves, 11 de diciembre de 2008

"Ese granjero". Gabriel Bonetto


Ese granjero


“…sólo deseo que la luz se haga,

y lo imploro en nombre de la humanidad,

que ha sufrido tanto y que tiene derecho

a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más

que un grito del alma.”
Emile Zola



Con movimientos lentos prepara su pequeño disfraz, una metamorfosis que lo camuflará de los peligros de la ciudad. Ahora es un jubilado desgarbado que intenta pasar desapercibido. Tiene un pulóver gastado y una camisa marrón, y adorna su cabeza con un sombrero de paja, parecido al de un granjero. Hace algunos meses había adoptado otro nombre. Un documento prolijamente trabajado lo registraba con la misma identidad que usó para la investigación de una masacre dos décadas antes.
“…me llamaré Francisco Freyre, tendré una cedula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, llevaré conmigo un revolver y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente”.
Cada vez que asoma su mirada hacia el espejo descubre un rostro gastado, abatido. Los últimos meses fueron los más tristes de su vida. En el rincón del baño recuerda algo que había escrito tiempo atrás en una serie de memorias que estaba preparando.
"Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año".

Está viviendo en San Vicente, un pueblo tranquilo, de campo, de esos en los que se respira paz y tranquilidad. Se resistió mudarse de aquella casita junto al río Carapachay, pero le habían dado vuelta todo su lugar en el Tigre y tuvo que cambiar de morada. Rápidamente entendió que se venía el peor momento en la historia de la Argentina. En la primavera del año anterior vivió esa lucidez profética transformada en pesadilla; su hija Vicky murió en un enfrentamiento, se disparó antes que la capturaran.

“…recuerdo esa ultima frase de ella, en realidad no me deja dormir –Ustedes no me matan dijo en voz alta pero muy tranquila- nosotros elegimos morir”.

El verano de 1977 fue dolorosamente intenso para él, extrañaba a su hija, también al poeta que era su entrañable amigo

Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: -Disparen ustedes. Luego agregó - Me tomé la pastilla y ya me siento mal”.

Llega la mudanza. La casa de San Vicente le da algo de sosiego, tiene mucho verde y un cielo para respirar un aire menos contaminado. Es un lugar sencillo, con un jardín que él y Lilia, su compañera, cuidan con esmero. Allí habitan limoneros, plantas de lechuga, tomates y algunas hortalizas. También tienen una improvisada parrilla que están limpiando para recibir en una semana a su hija Patricia y a sus dos pequeños nietos.
Su práctica diaria es sencilla: un vaso de un buen whisky en el escritorio y la Olympia portátil para abstraerse definitivamente en el trabajo. De esta forma corrige sus últimos cuentos y comienza a desarrollar lo que serán las memorias sobre su relación con la política y la literatura. Luego coloca un tablero de ajedrez en la mesa e imita las jugadas de un libro con partidas de grandes campeones. A la medianoche, cuando finaliza la tarea, disfruta de las estrellas junto a Lilia. Con dedicación, apoya la mano sobre su hombro y le enseña las constelaciones con todos los detalles. Sabe de algunas por novelas que ha leído, y otras las inventa con nombres inverosímiles que hacen reír a su compañera. Conversan, se cuentan los rutinarios y convulsionados días que viven. Ambos se ayudan, son los compañeros fieles que se juntan para resistir el desaliento y la muerte.
Con mucha paciencia corrige sus escritos, con dosis de insistencia bien planeada, sin olvidar, además, su labor en la agencia clandestina y las reuniones de militancia, la misma que le había robado ese preciado tiempo de literatura que ahora tanto añora. Aquel verano había vuelto también al trabajo de investigación, ahora con un manifiesto sobre la resistencia a la feroz dictadura, una carta abierta que denuncia el terror y alivia su abatimiento. Había elegido distribuirla cuando se cumpliera el aniversario del golpe.
“…sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles."

Toma su portafolio gris y llama a Lilia. Le avisa que se apure por que van a perder el tren a Constitución. Hace calor y en los andenes la temperatura parece elevarse aún más. Cuando llegan le da un beso para despedirla. Se abrazan fuerte algunos minutos pero no se dicen nada. Antes de la despedida, su compañera le encomienda que a la noche no olvide de regar el almácigo de lechuga que habían plantado un mes atrás. Sonríen. Se desean suerte. Cada uno sigue su camino, los dos tienen cinco cartas para repartir. El quiere entregar una, en forma personal, a una compañera de militancia. Las demás serán depositadas en tres o cuatro buzones de la zona.
Había pasado ya la una del mediodía y ahora es Francisco Freyre quien cruza la calle Brasil. Llega a la esquina de San Juan y Sarandí y lo espera una mujer alta con anteojos que tiene un diario bajo el brazo. No se saludan. Freyre entrega una carpeta sin detener su marcha por la avenida. Su idea es tener otra entrevista a las tres de la tarde. Todavía le falta una hora para el próximo encuentro.
En la búsqueda de un teléfono público marcha hacia la esquina y escucha el ruido imponente de los frenos de un auto. Tres personas lo estuvieron observando un largo rato y en un principio no lo habían reconocido. Salen del coche y empiezan a correr para detenerlo. Freyre no duda. Todos los perseguidos saben que en algún momento estarán en esta situación: la cercanía de la muerte que tanto presagiaban. Las imágenes comienzan a sucederse velozmente en su mente; se entremezclan el angelical rostro de Vicky, que reía sin parar mientras gatillaba una ametralladora antes de morir, con el irracional temperamento de Paco, su amigo que cambió sus poemas por unas pastillas de cianuro.
Los pensamientos de Freyre se detienen abruptamente. Sin dudar un segundo manotea su pequeña pistola, la misma que siempre guardaba en el pantalón y que Lilia le regaló algunos años antes para su seguridad. Intenta correr por entre los coches estacionados y dispara dos veces hiriendo a uno de sus perseguidores. El momento de recuerdos lo hizo inmune fugazmente. Aquellas figuras del drama volvieron obsesivas, perturbadoras.
“Había salido el sol sobre el tétrico escenario del fusilamiento. Los cadáveres estaban dispersos en las inmediaciones de la ruta. Algunos habían caído en una zanja, y la sangre parecía convertirla en un alucinante río…”

Ahora el descampado de José León Suárez es una calle céntrica repleta de ruidos y aquellos fusilados se transforman en una sola persona.
La respuesta enemiga no tarda. Un grupo de la Marina lo encierra con unas ráfagas de disparos. El cuerpo desaparece de la escena con una rapidez asombrosa. Ningún testigo reconoce a Francisco Freyre. Apenas un sobreviviente llegó a ver, tiempo después, el cuerpo en una camilla en la ESMA. Estaba irreconocible. Un sombrero, parecido al de un granjero, quedó en la vereda apenas algunos minutos. Nunca se supo de él.

Autor: Gabriel Bonetto. Talleres privados de Fabián San Miguel.

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1 comentarios:

A las 18 de diciembre de 2008, 22:43 , Blogger mmmoira ha dicho...

Ha sufrido mucho. Pienso que se ha acostado a dormir, y se despierta año a año, cada vez que alguien lo recuerda, lo menciona, lo invoca como quien se persigna antes de salir a la cancha (al mundo) a pelear. Como aquí.
Me gusta el relato. Noto pequeños deslices que supongo se deberán a ese impulso "ma sí, yo lo largo al mundo, ya estoy podrido de releerlo y ya casi me lo sé de memoria". Ejercitar la paciencia, apagar ese impulso, con la parsimonia de un granjero con sombrero de paja.

 

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