martes 1 de diciembre de 2009

"La palabra" - María A. Campo


La palabra

De pronto el mundo perdió la palabra.
Desde el principio de los tiempos el hombre se había valido de ellas, para justificar todos sus actos: declarar el amor, imponer la guerra, escribir poemas, abusar del poder, adorar a los dioses, engañar con sutileza… Los usos eran tantos, tan variados y disímiles, que un día las palabras se sintieron bastardeadas e inoperantes.
La confusión y el disgusto fueron creciendo larvadamente, pero se extendieron con rapidez. Primero fue la rebelión del silencio: se despojaron de los sonidos que se iban elevando hacia el vacío en nubes estruendosas y ensordecedoras. Los hombres hablaban y millones de letras mudas y desarticuladas se expandían en el espacio chocando contra los cuerpos indefensos y las ramas florecidas de los árboles; se pegaban sobre las paredes de los edificios y los automóviles las atropellaban, provocando explosiones grotescas.
El caos era total pero habían desaparecido los gritos, los llamados, las voces… Las formas se desdibujaban en palabras y las palabras adquirían fuerza para correr, defenderse y saltar en silencio. Y el mundo fue sólo palabras huecas que iban y venían agrupadas en curiosas formas rectilíneas, verdaderos ejércitos de todos los idiomas humanos, diseminados por la tierra, errantes y mudos.
Su constitución casi etérea era frágil; el sol las dañaba: lo ocultaron formando un enorme disco giratorio. El viento las arrastraba por oscuros pasadizos, abismos gelatinosos y cielos extraños como de otros mundos: lo detuvieron con una tromba magnética que lo absorbía y lo enviaba a las profundidades de la tierra. El agua era una amenaza de desintegración: congelaron los mares y petrificaron la lluvia. Y todo lo hacían a un ritmo febril, vertiginoso y caótico.
Como habían perdido la belleza del habla, la musicalidad de los sonidos, la capacidad de entenderse, comenzaron a envidiar a los hombres que habían sido verdaderos artistas en su uso, aunque las habían despojado de sentido y de coherencia.
Y queriendo volver a ser lo que eran le declararon la guerra. Ahora el mundo era un páramo gigantesco donde los hombres y las palabras luchaban entre sí.
Y apareció de nuevo el sol, el viento, el agua, los sonidos fugitivos y en ese poblado desierto de sombras, la muerte jugaba su mejor partida. El hombre estaba perdido, había perdido el valor de la palabra.

Autora: María A. Campo. Centro Cultural Belgrano R.
Fotografía: Fabián San Miguel.

lunes 23 de noviembre de 2009

"Jaqueca" - Gonzalo Alfonsín


Jaqueca

(escritura automática en un bar del Raval, Barcelona, diciembre 2003)

Una intensa y molesta jaqueca me acecha y me aqueja. No me quejo y dejo pasar el malestar. Para estar bien sin mirar a quién hace falta llevar la frente alta, comer mucha palta y visitar Salta sin falta. De la malta sale la cerveza, esa bebida espesa que se sirve en la mesa, de postre una cereza o una fresa, invitamos a Vanesa, la francesa cuya belleza te despereza, sos su presa, te besa cual vampiresa y se te pone tiesa, qué sorpresa, te volvés loco loco, "de a poco", te dice, "¿te toco o no te toco?", sí, tocáme, agarráme, abrazáme, desarmame, lameme, comeme, tragame, escupime, abrime, exprimime, matame y revivime mil veces, todos los meses, digamos sandeces, tragándonos las eses mientras corremos por los cipreses, nademos como peces, juguemos como niños, no te pongas corpiño (yo soy lampiño), en mi mente aparece Bob Patiño, el compañero de Krusty, el payaso.

—No me hagás caso —le digo—, soy medio pelmazo.
—Es el miedo al fracaso —me dice de paso—-. ¿Te molesta si prendo un faso?
—Para nada... —(Qué mina copada).

Lanza una bocanada y yo una frase pensada: "tu voz de hada me agrada, quiero que seas mi amada". La carnada no es tragada:

—¿Te creés que soy tarada? A todas les decís lo mismo, es un vil mecanismo.
—Vos y tu cinismo —le contesto—-. ¿Te gustan los fideos con pesto?
— ¿A qué viene esto?
—Es que me regaló un paquete Ernesto.
—¿Ernesto?
—Sí, el del sexto, el que practica el incesto.
—Te estás yendo al carajo.
—Es el ajo —me atajo—- Comí mucho... ¿querés un pucho?
—No, salame... bueno, sí, dame.
—Es el último Marlboro, vale oro...
—Por favor te lo pido.
—Está bien, te convido, pero que no se haga costumbre... ¿Querés lumbre...? ¿Segura? Vamos, no te hagás la dura... bueno, listo, no insisto... si lo fumás apagado... necesito otro atado, voy al mercado... ¿venís?
—¿A mí me decís?
—Sí, claro.
—Yo no me paro.
—Te llevo encima, como a mi prima.
—¿Estás loco?
—Un poco.
—Estamos repitiendo.
—Y aburriendo.
—¿Nos vamos yendo?
—¿Adónde?
—Adonde cagó el conde.
—¡Guarango!
—Vamos a bailar tango.
—Dale, le aviso a Ale.
—¡Vale!

Autor: Gonzalo Alfonsín – Centro Cultural Belgrano R.
Fotografía: Fabián San Miguel.

domingo 8 de noviembre de 2009

"El ocaso del sol" - Sol Zurita Aleñá


El ocaso del sol



Ahh! Por qué no habré quemado mis ojos

cuando escucharon venir tus pasos

en el alba desnuda de un andén.


Allí penetraba tu lívido morbo.

Endulzado de magnolias;

erguía en mi sangre desierta

el vértigo balsámico de tu ira.


Símbolos pérfidos de tus hadas

se unen como átomos para engendrar

en mi; lánguida desesperanza.


Mas callo la furia de estas bestias

y recibo ávida el ramo inerte

de la tortura.


Despojos sonoros,

clamores silenciados.


Los sueños navegando por el asfalto

empañados como alas

hijas de la incesante agonía.


Busqué desesperada

por cada rincón del miedo

en la bruma de epitafios

frente a cada proyección

de formas destruidas.


Vi rostros como calles

y jugué entre los diálogos

del desconcertante, sórdido e impúdico parque

iridiscente de sus besos arcaicos


y aún así

las sombras me apartaron del viento,

la creciente noche quieta

ante la blandura de mi cuerpo

me dejó vestida

de arenas turistas

residentes en congojas.


El follaje insólito de tus pieles

desarmaron de lo que en mí

quedaba aún.


Ohh! Por qué no habré quemado tus ojos

con el incendio crónico que escapaba de mis manos

por qué he de consagrar el trono de la muerte

cada vez que te miro

con mi reflejo colmado de soledad,

aterrada de los sueños

y de este perenne encuentro.


Autora: Sol Zurita Aleñá. Centro Cultural Belgrano R.

Fotografía: Fabián San Miguel.


jueves 29 de octubre de 2009

"Transfusión" - Moira Pérez (artista invitada)


Transfusión

Las paredes son brillosas, y una luz poco acogedora se refleja en ellas y en ese piso como de goma. El pasillo es largo, pero finalmente empujás una puerta y llegás. Sentate, aunque el asiento esté frío y sea demasiado grande para tu cuerpo, que siempre nos pareció tan pequeño.

Tu piel se perfora y el pinchazo te sobresalta un poco. La jeringa entra en tu brazo, la sangre empieza a subir. Observo: en esa sangre sale todo

(sale tu humor extraño, tus desvelos de domingo, tu escucha atenta, tu oreja izquierda, tu oreja derecha que es un poco más grande, tus argumentos insostenibles, tu gusto por el ron, tu suéter de rayas, tus gemidos, tu olor, tu sartén a la que invariablemente se pega todo: tus rulos, tu anécdota… esa que nunca terminás de contar, tus indirectas, tu bicicleta, esavezquemedijistequemequerías).

Miro tu sangre subir, y veo cómo salen todas esas cosas, una después de la otra

(y siguen pasando: tus libros, tus plantas, tu letra extraña, tus canciones favoritas, las letras extrañas de tus canciones favoritas, tus proyectos, tu pinza de depilar, tu llanto).

Te saco sangre, y me pregunto qué será de todo lo que sale con ella, cuando la reciban cuerpos ajenos.

Texto y fotografía: Moira Pérez. (Artista invitada)

viernes 16 de octubre de 2009

"Misteriosa" - Mirta Cataldi


Misteriosa

Hace tiempo que cada noche salgo como un autómata a pasear a mi perro, él riega el árbol de la esquina mientras yo aprovecho a fumar el cigarrillo que tengo prohibido.
Es como un ritual. Las noches de verano me acompañan, veo desfilar a los que van y vienen. A los que levantan la basura y a los que esperan a alguien que no llega.
El viernes, de golpe se me cruzó, la seguí con la mirada. Su andar tenía cadencia. La vi doblar la esquina y desapareció.
Le pregunté a mis vecinos si alguno ya la había descubierto, nadie tenía noticias; evidentemente era sólo a mí a quien le atraía su presencia.
La noche del sábado siempre es más bulliciosa, decidí a salir a la misma hora, tenía que encontrarla, pero no tuve suerte, no había rastros de ella.
Mi empecinamiento se había convertido en una tendencia obsesiva: encontrarla.
Hasta que esa noche la vi. Traté de que no reparara en mí.
Dejé que tomara cierta distancia y fui detrás de ella, en algún lugar debía entrar.
Su color negro azabache la hacía más bella y atractiva. Se encontró con otra y caminaron juntas, mi perro, que nunca ladraba, esa noche estaba descontrolado y logró hacer tanto escándalo que les perdí el rastro.
Llegué hasta la esquina, apenas dí la vuelta la primer casa tenía la puerta entreabierta y dejaba ver un largo pasillo. Me asomé, la habitación estaba a oscuras, no había señales de gente que hablara. Un perfume suave y dulzón atravesó el umbral. La intriga me superó, decidí llevar el perro a casa y volví. Puse en el bolsillo una linterna, algo me ayudaría.
Me senté en el escalón de la entrada, la noche estaba avanzada. No circulaban muchos autos y casi nadie por la vereda.
Esperé que llegara el silencio bien profundo. Entonces entraron al lugar; no iban solas, capaces y hábiles de abrirse camino. Me di cuenta que sus vidas transcurren en lo profundo, en complejos laberintos cerrados, y son esclavas expuestas a servir a otros.
Tienen control sobre el tiempo que utilizan para encontrar el sustento y volver al hueco, a lo oculto y húmedo, a recibir órdenes, a compartir amantes.
Me parecieron aún más bellas. Las iluminé con la linterna, mientras las veía sumergirse a esa ciudad viviente que es un hormiguero.

Autora: Mirta Cataldi. Centro Cultural Belgrano R.
Fotografía: Fabián San Miguel.

viernes 2 de octubre de 2009

"Pasadas las 4 p.m." - Jorge Vázquez (artista invitado)

Pasadas las 4 p.m.

Perros al sol junto a un neumático de camión, una canilla gotea, ramas colgando, mucho más cielo. Destello en el encendedor, papel plata al viento, chica de vestido verde en bicicleta, moscas zumbando en el playón. Un Oldsmobile del 71 rasga la calma de la tarde a toda velocidad, los perros viejos le ladran sin moverse del lugar y son esos infames ladridos los que me devuelven aquí, de cara a trescientos kilómetros de desierto que a lo largo de los años quemaron mi vista privándome de la contemplación del mar. Miro el cartel de prohibido fumar y aguanto la respiración como si estuviera bajo el agua pero no hay agua, es cuando siento que el tiempo languidece escurriéndose como arena entre los dedos.
Lejos de aquí, en el pasado donde aún habita el pibito que ya no soy, vive el grato recuerdo de aquel día cuando el viejo me llevó a conocer el mar. La inmensidad del océano llenó mis ojos y por un momento el pecho se me estrujó y me sentí más pequeño de lo que era. Nunca voy a olvidar la majestuosa visión de los acantilados abrazando a la bahía, la quietud de sus aguas donde reposaban lanchas y veleros anclados no muy lejos de la orilla y el gustito salado del mar, y si bien después de ese día mi viejo me llevó varias veces más, escogí a aquella primera imagen como una perpetua compañía. Sentado aquí entre los surtidores de nafta admiro las líneas del Pequod encallado en el cemento y recortando su silueta contra el ardiente horizonte, mi nave, y lo vislumbro surcando el mar mientras se calcina bajo el fortísimo sol, ahí frente a mi, inmóvil y con el casco a medio calafatear, varado a un costado del playón de la estación de servicio.
Algún día el Pequod ganará los mares y surcará sus aguas con las velas henchidas de viento, mientras tanto saco fotos de este desierto para que la distancia no me haga olvidar de donde partí. Con el paso del tiempo acumulé tantas imágenes que al fin se apoderaron de las paredes de la oficina, durante meses clavé con chinches esas fotografías en los muros para darle forma a una panorámica de este desierto que se abre frente a mi y entre una foto y otra me deja ver al mar adentrándose en el continente, devorándose las tierras en una gran inundación que llega hasta mis pies. Lejos del alero del edificio que podría protegerme de este sol que incendia los pensamientos le di una última pitada al porro imaginando el día en que me reencuentre con el mar. Pasadas las 4 p.m.
Autor: Jorge Vázquez - (artista invitado).

domingo 27 de septiembre de 2009

Microcuentos II - Daniel C. Montoya


Microcuentos II

De par en par

Las puertas de la casona estaban abiertas, rotas. En la madrugada, sobre el viejo adoquinado de Villa Urquiza, el camión militar cargado de muebles y electrodomésticos se alejaba detrás de un Falcon con las luces apagadas. El lento ronronear de los motores apenas fisuraba el silencio obligado.
–¡No te metas! –susurraron tras unas cortinas que apenas escondían las siluetas en la oscuridad interior–. ¡Por algo habrá sido!... –remataron–. Algo habrán hecho –se masculló en la casa vecina. Las otras ventanas guardaron silencio expectante.
El operativo relámpago había sido eficaz. Nadie escapó. Las puertas de la casona quedaron de par en par. Nunca más se supo de ellos. Sólo pasaron a engrosar la lista los que no están.


Comisión

Las condiciones del préstamo acordadas cumplen lo exigido por el holding de bancos privados avalados por el FMI y el Banco Mundial –dijo–. Sobre la base que ustedes, señor Presidente, siempre se encuadraron en las pautas preestablecida por el organismo. Esto fue decisivo para que se aprobara tan rápido. La deuda externa de su país –siguió explicando el alto funcionario al barajar los papeles ha firmar–, se cuadriplicará en dos años. Con sus enormes recursos naturales, en su momento se verán las modalidades de cancelación total; mientras tanto, las privatizaciones de las empresas del Estado y la liberalización de la economía nacional ayudarán en la cancelación de los intereses acumulados. El único inconveniente en lo mediato en el profundo ajuste socioeconómico que deberán implementar. Pero confiamos en que su gobierno sabrá preservas las condiciones para evitar desbordes o indisciplinas graves. Una misión del Fondo viajará a Buenos Aires cada tres meses como controladora de las pautas; igual no se preocupe –moderó conciliador–, sabemos que usted cumplirá; es sólo a los efectos burocráticos y fiscalizadores y para guardar la imagen de imposición de la entidad.
–El tema de la comisión, ¿se menciona en esos papeles? –preguntó el Presidente, algo inquieto, girando el enfoque de la discusión sobre el acuerdo.
–¡No, de ninguna manera! –respondió seguro el funcionario–. Su comisión y la de sus ministros serán depositadas en cuentas secretas, con claves personal que sólo ustedes conocerán, acreditadas a varias empresas fantasmas con depósitos en bancos de las Islas Caimán –concluyó.


No era

–¿Es? –inquirió el sargento en medio de la noche cerrada a la vera del camino de tierra.
–¡No! –respondió el cabo sorprendido al dar vuelta el cuerpo baleado–. A este pibe lo conozco, vive a unas cuadras; siempre viene a esta hora de estudiar. ¿Y ahora qué hacemos? –preguntó, ya presa de un temor creciente.
–Debajo del asiento del patrullero tengo un arma trucha… se resistió a la voz de alto… y chau –fue la respuesta.


Agotado

De última, el petróleo árabe se agotó. Y con él, el antagonismo de intereses económicos sobrepuesto a los culturales. Fue el fin del choque de las civilizaciones. Occidente, como era de esperarse, recurrió al autoabastecimiento energético con el desarrollo de nuevas tecnologías en combustibles, que terminaron siendo no contaminantes. Esto mejoró la calidad medioambiental del planeta. Y los países de Oriente Medio, que siempre fueron pobres pero orgullosos, por fin fueron libres en su infortunio.

Autor: Daniel C. Montoya. Centro Cultural Aníbal Troilo.
Fotografía: Fabián San Miguel.

domingo 6 de septiembre de 2009

"Músico en subte" - Leonor Luciani

Músico en subte

Como un prolijo pescador, se instala temprano al borde de la profunda pecera dorada.
Pone la silla, al lado su bolso, se acomoda el sombrero, un trapo sobre sus rodillas, luego el fuelle y suavemente empieza a tender sus redes de sonido, mirando sin mirar, ensimismado por lo que empieza a producir entre sus piernas.
De acuerdo a la hora, pasan cardúmenes virulentos, que casi lo atropellan, uniformados, rígidos, con el segundero pegándoles en los talones, arrojados con fuerza hacia delante.
Atrás, rezagadas, todavía con las miasmas pelaginosas del sueño surcándoles las caras, bogas oscuras arrastradas por la corriente.
La red trepa la escalera con esmero, sorteando papelitos, tratando de pescar a los multicolores de agua dulce, que se nutren a toda hora de ilusiones y que sin transición, saltan de las profundidades a la más hermosa de las islas flotantes; sintiéndose invadidos por la queja melancólica de esa música, quedan como hipnotizados, sin avanzar ni retroceder, hasta que de pronto despiertan del hechizo, vibran y con sonrisa culpable dejan una moneda y siguen por la vida, englobados por corrientes imprevisibles.
Hay horas de quietud, él deja correr sus pensamientos sobre la bruñida superficie: su hijo, la cuenta de luz a pagar, los años, tantas cosas... la vista fija en el rectángulo celeste cielo que se le ofrece, utopía de sueños suspendidos.
De pronto aparece, dorada en su andar, la larga cabellera amontonada sobre un hombro y lo mira. Él también la mira, sopesa sus curvas y, sutilmente, la sombra de su pañuelo al cuello se estira hasta envolverla; la sirena parece esperarlo, plantada tras la reverberación de sus ojos.
Deseándole las manos, que pulsan con precisión los botones, se ondula para él, se revuelca en los compases, se abraza a una línea roja creando disonancias extrañas, quitándole el aliento, y en un corte abrupto se le acerca tanto que siente las burbujas que salen de su boca palpitante.
Al querer retenerla y hacerla suya, ella se deshace como espuma fresca entre sus dedos, flotando intangible en su vasta soledad de artista.
Leonor Luciani. Centro Cultural Belgrano R.

domingo 23 de agosto de 2009

"Sólo por las noches" - Alejandro Candelario


Sólo por las noches

Mami saluda a Lerú, me da el beso de las buenas noches y se va. Apaga la luz porque ya soy grande, pero deja la puerta apenas abierta, por las dudas. Ahora estoy solo. Mami siempre dice que no me asuste, pero mira mucho los rincones, como cuando ve un bicho y después lo siente por todos lados.
Salen sólo por las noches; ojalá fueran bichos.
Trato de dormirme antes que mis papis; mientras estén despiertos no pasará nada. Pero hoy se acuestan temprano y yo sigo dando vueltas, escuchando mi respiración; enseguida empiezan los otros ruidos.
Me acomodo bien en el medio de la cama, lejos de los bordes, escondido bajo la sábana. Tengo la crucecita de Abu en el pecho y el oso Lerú para que me defienda. Nunca se acercan demasiado.
Mami dice que es mi imaginación, pero yo los escucho. Dice que es la madera, que la casa es vieja; pero también dice que no debo levantarme y que tengo que dormir solito. Y ella duerme con papi, y yo los escucho y no es la madera.
¿Qué es ese ruido?
Diosito, Diosito, no dejes que se acerquen y seré bueno. Que sea de día Diosito, que sea de día rápido.
El único que me cree es mi amigo Juan, y dice que soy una nena: él tenía un monstruo en el armario, y abrió la puerta y le gritó y nunca volvió. Una vez, casi bajo de la cama para prender la luz. Me destapé y me quedé arrodillado, mirando para todos lados y escuchando con atención. Bajé un pie despacito, los dedos estirados tanteando la oscuridad, tratando de llegar al piso; algo me rozó el talón y grité y grité. Esa noche mis papis cerraron mi pieza con llave, para que no me asuste, y me llevaron a dormir con ellos.
Hace un rato largo que están en silencio, esperando.
De a poco, me asomo para ver si ya se hace de día. Está muy oscuro y la única luz es la del pasillo, apenas una raya en el borde de la puerta. Me escondo otra vez, antes de que mis ojos se acostumbren a la oscuridad. Cuando lo hacen empiezo a ver cosas feas. Se mueven, se acercan, tiran de la colcha. A veces también se ríen. No quiero que me agarren.
¿Cuánto falta?
No puedo dormir y la noche es muy larga. Otra vez los ruidos. No quiero llorar porque soy grande, pero abrazo a Lerú y las lágrimas se me escapan.
Ya tiene que ser de día, no puede durar tanto.
Me vuelvo a asomar, con el corazón latiendo muy rápido. Empiezo a llorar más fuerte: sigue todo muy oscuro, pero los escucho muy cerca.
-Mamá, papá. Vengan.
En los rincones las sombras se mueven, Diosito, se están moviendo.
-¡Mamá! ¡Papá! ¡Mamá!
Escucho sus pasos en el pasillo. Ya llegan. Que sea rápido.
-¡Mamá, papá!
¿Por qué tardan tanto?
Están ahí afuera, sin entrar. Hablan en voz baja y no entiendo lo que dicen. ¿Por qué no prenden la luz? ¿Por qué no me sacan de acá?
La raya de luz se hace cada vez más fina y desaparece, ahora está más oscuro todavía; algo se ríe a mis pies. Cierran la puerta con llave. Las voces de mis papis se alejan y quedo solo, casi sin respirar. Las lágrimas se detienen, y luego caen, una tras otra.
Mi mirada, de a poco, se acostumbra a la oscuridad.
Los veo trepar a la cama.

Autor: Alejandro Candelario. Centro Cultural Aníbal Troilo.

jueves 23 de julio de 2009

"Poema inspirado en la mujer y en un poema André Breton que inspiró a Roque Dalton" - Juan Verón (Artista invitado)

Poema inspirado en la mujer
y en un poema de André Breton
que inspiro a Roque Dalton

La mujer de cabellos de relámpagos
de pensamientos buenos, bucólicos,
de ultimo beso y continuas despedidas,
de garganta feroz, de palabras que matan.
La mujer apuñalada y puñal,
de ojos simples y de viaje,
de virginidades mías,
de lengua lasciva y frutal.
La mujer traviesa, traspasada,
sirena y golondrina, de uñas de nácar,
de cejas de muñeca que nadie ve,
de bordes despintados y citas en los bares,
de mano con lunar.
La mujer de hombros colgadores,
como percha va su espalda,
de as de corazones, de apuestas perdedoras.
La mujer de nalgas como nieve,
la que vive sin saber si aún vivo,
de brazos abrazables, de saliva de sal.
Mi mujer de piernas que caminan.
Sacudido como sauces, habla el cuerpo en los sudores.
A mujer de pies como los míos,
de cuello estirado para verme al pasar,
de pechos hechos a medida de lo exacto,
de cama como el mar.
La mujer que me agita al respirar,
de cuadro de niñez, menos bello que el de ayer,
de senos de rosas y magdalenas,
con vientre para acariciar
y dorso de pájaro a punto de volar,
la mujer de risa como flor, boca de sí, de no,
de paisaje que me pierde cuando empiezo a desandar,
de caída, de vaso, de alcohol, de noche en vela.
La mujer de caderas danzarinas, de mirada con estrellas,
de equilibrio en el beso equilibrista,
de apretarme las manos, la mujer que baño en mi saliva.
La mujer de heridas invisibles, previsibles,
de sexo de alga marina, de ironías mías,
de entrepierna de nenita, de orejas pequeñas,
de cicatriz en la cintura, de muslos de granada,
de espalda con máculas de sol.
La mujer que aprisiona cuando mira,
con ojos de nogal, de callecitas,
de oscuridad de mi cuarto, de llovizna.
La mujer como una lanza.
la mujer agua que bebo,
esquiva como la arena. La mujer azulada.
La mujer de mirada de fuego y brasas.
La mujer. Ésa.
La que no acabo de conocer nunca.
No es mi mujer.
Está sola o con otro hombre,
pero es mi mujer cuando la pienso.


Autor: Juan Verón (Artista invitado) -
Del libro Atrapasueños - Editorial Limbo. http://www.ellimboweb.com.ar/
Fotografía: Man Ray.