jueves 23 de diciembre de 2010

El déjà vu del señor Antropov - Fabián San Miguel


El déjá vu del señor Antropov

La nube en su cerebro se espesaba, se hacía tátil. El señor Antropov se irguió levemente en su cámara de tiempo. Pudo, apenas, lograr que su rostro se reflejara en la lámina transparente de la escotilla. La cicatriz en la mandíbula inferior y en el cráneo lo redujeron a un solo pensamiento: Braunau an Inn. Los fogonazos en su memoria fueron terribles. Una, dos tres y más veces: su cuerpo se trasladó a un bunker en Berlín como si lo hubiese vivido.

Una, dos, tres y más veces la nube se volvió enceguecida: Eva, Joseph con su familia; y él mismo: el señor Antropov. Una extraña fuerza que iba desde su boca hacia sus sentidos lo absorbió.

Lo primero que vio cuando volvió en sí fue la penumbra de las aguas del río Biederitz. Oscuras, ásperas. Golpeó insistentemente el reloj espacio-temporal de su cámara, que marcaba el año 1970 y una zona, que apenas recordaba, a 11 kilómetros de Magderburgo.

Y se sintió carnívoro por primera vez... o ¿lo había programado antes?

Su mano tocó las cicatrices, lo cocido que atrapaba la carne. Y otra luz, otro fogonazo, dio un reflejo que le hizo recordar: él mismo pidió los implantes en su cuerpo para obtener una muestra de ADN y así compararlo con los restos que guardó en los archivos de la KGB. Probar que el lider que había arrastrado a millones estaba muerto era esencial para la humanidad.

Supo y no pudo reaccionar, la densidad de las línes temporales iba mucho más allá.

Hubo un último fogonazo, casi eléctrico.

La nube se disipó y el reflejo de la escotilla le devolvió, entre sus manos desesperadas, el primero de los nacimientos de los dientes de Hitler en su mandíbula.


Autor: Fabián San Miguel.

miércoles 15 de diciembre de 2010

Tocatta y fuga - Eduardo Aniotz


Tocatta y fuga

Las luces de la ciudad comienzan a encenderse muy lentamente, tan lentamente que se nota su falta de ganas por repetir lo mismo como tantísimos días. La tarde muere un tanto indecisa, y como todos los martes, la inercia me arrastra hacia el Teatro San Martín para seguir perfeccionándome, pero si les abriera mi corazón, realmente tendría que decirles que estoy enamorado, que solo voy por ella. Odio y amor, amor y odio se confunden en mí ser, humillándolo, destruyéndolo.
Mi cabeza es un torbellino de preguntas, siempre repetidas, siempre insensatas, ¿cómo es posible? Ella toca el piano con tanta sensibilidad, ¡es completamente abrumador! También aprendí piano, toqué miles de veces pero… pero lo que ella hace es tan delicado, sencillamente magnífico. Escuchándola tocar nos damos cuenta del punto tan alto al que puede llegar un ser humano, hasta diría que supera nuestra comprensión. Ella como otras pocas personas, han sido elegidas, tocadas por la varita de la genialidad. Creo que con mucha dedicación, amor propio y hasta volcando todos los sentimientos que uno puede tener sobre las teclas del mejor de los pianos, jamás se podría, no digo imitar, acercarnos lo suficiente como para que alguien que escuche uno y otro, crea que son las mismas piezas de música.
Es vergonzoso lo que les voy a decir, pero ya no me puedo detener, muchas veces siento una terrible tormenta interior, y solo podría ser subsanado el día que ella deje de respirar. Al escucharla siento la terrible pesadez con la que toco, cada vez es peor, su brillo incrementa la desesperación en mí, su suavidad es un mazazo que va directo a mi corazón, los aplausos que arranca sin piedad de la gente desfigura mi psiquis, la fermenta, la torna enfermiza, su luz aumenta mi oscuridad. Hoy, ni siquiera siento ganas de tocar, mis dedos torpes ya no quieren acercarse a un piano y comprender el abismo que separa al genio del resto. Mi ira se torna ciega al darme cuenta de lo inútil que fue dedicar veinte años de mi vida al estudio de la música, hacen que viva en un completo calvario. No hace mucho tiempo atrás yo me sentía en la cúspide, amado por mis alumnos, adorado por mi profesor, todos veían en mí a un excelente pianista, el embrión de alguien que lleva escrito el éxito en su piel, pero hoy, a un año de aquello, desencajado, lleno de odio, nadie me da importancia, todos alaban su técnica, pero ¿de qué técnica hablan?, ella no tiene técnica, ella es genial, ¡irremediable y asquerosamente genial!
Solo faltan dos cuadras, la Avenida Corrientes está en plena posta, los empleados de comercio dejan paso a los cartoneros y cirujas. La ola humana sale de los negocios hacia las paradas de colectivos o a sus automóviles, encerrados en algún estacionamiento, y de allí a sus casas, solo unos pocos van en dirección al centro, y uno de esos pocos, soy precisamente yo. Siempre trato de llegar tarde, no quiero verla ni saludarla, ni tampoco escucharla, aunque mucho peor es sostener su mirada, es ahí donde siento el rechazo, me humilla con su magnificencia, y yo, como un cobarde, escapo a cualquier punto del salón.
¡Ah! Una vez la escuché tocar Claro de Luna, si bien cualquier partitura que toque la transforma en maravillosa, tiene el poder de arrastrar a Beethoven hasta la cúspide, allí donde el músico se transforma en dios. Creo que de haberse conocido, él jamás nos hubiera dedicado ninguna de sus sinfonías, impotente ante tanta perfección. ¿Por qué tanta exquisitez me provoca nauseas? Tal desparpajo de genialidad mueve en mí sentimientos tan aberrantes como abyectos, por momentos me desconozco. Me siento como un volcán que grita su dolor y lo irradia por todos sus poros. Y lo más triste, veo que esa fuerza incontrolable me consume por dentro, que la paz me abandonó aquella primera vez, desde el maldito día que la conocí.
Ese día ella se presentó en el conservatorio con un traje oscuro muy moderno, debajo una camisa crema con hermosos bordados, a las claras se notaba el maravilloso gusto que tenía al vestirse, llevaba en su mano derecha un maletín pequeño de cuero. Sus manos eran inmaculadas, se podría decir sin temor a equivocarnos que estaban hechas para tocar el piano, un escultor pagaría cualquier precio por tenerlas de modelo. Su pelo castaño era lo suficientemente corto como para deslumbrarnos con su magnífico cuello; quién al mirarla no tendría ese chispazo morboso de posar sobre ese cuello un collar de ardientes besos. ¡Necesito fuerzas para explicar, para detallar tanta hermosura! ¿Dónde me quedé? Si, me falta su rostro. Voy a empezar por sus ojos, aunque ¿quién podría darse una idea de ellos sin haberlos visto antes? Eran lo suficientemente grandes como para abarcar el mundo, su oscuridad nada tenía que ver con su espíritu ardiente, brillaban a tal punto que enloquecía a quien los mirara tan solo unos segundos, y en el conjunto emanaba destellos de inteligencia, de sagacidad inapelable. En sus orejas reposaban unos pequeños colgantes, ellos brillaban orgullosos sabiéndose montados sobre la más hermosa de las mujeres, su nariz era la frutilla del postre, algo que se templó en la fragua de algún dios para ser colocado con exactitud de artesano en ese rostro donde confluían todas las maravillas del universo. Su boca es un tema aparte, algo que tiene vida propia, algo que ni la mejor de las cirugías soñaría siquiera llevar a cabo, su densidad, su sutileza, su encanto arrastraría al más santo entre los santos a soñar con el calor del infierno, olvidándose completamente del nombre de Dios. Y qué decir cuando ese telón se abría, cuando esos labios formaban figuras provocativas para hablar o cantar con voz melodiosa, se vislumbraba allí la punta rosada de un ovillo sensual, que arrastraba a la locura a quien tuviera el tremendo honor de poder alcanzarla. Toda ella era un plan maquiavélico y perfecto para asesinar a un hombre, para desquiciarlo y condenarlo. Jamás podré borrar de mi retina la infinidad de datos que bebí esa tarde, el éxtasis con que la vi esa primera vez, saboreé cada segundo de la presentación que hizo mi profesor de piano, yo estaba tocando una partitura de Bach, él me tocó el hombro y hasta recuerdo lo que dijo: —Edgardo, ella viene muy bien recomendada del Conservatorio de Música de Paraná, una alumna avanzada como vos, su nombre es Xiomara.
La quedé mirando boquiabierto, tartamudeé un hola sin saber lo que hacía, la visión de su hermosura me había obnubilado, mi única idea era la de poder ser su esclavo, ninguna otra cosa me interesaba. Volví a repetir el hola, un poco más alto y le tendí la mano. Ella se acercó a mí, me sonrió y me besó la mejilla mientras mi mano, sin saber qué hacer se dirigía al bolsillo del pantalón para esconderse. ¡Ojala hubiera podido hacer lo mismo! En ese momento supe que estaba perdido, y ella también lo sabía. Sentí impotencia de ser un idiota más dentro de su ejército de seguidores. No estoy seguro pero creo que llegué a sentir piedad de mí.
Perseguido por tales recuerdos entré al teatro, subí por las escaleras hasta el segundo piso, llegué y saludé a todos, y en un momento me dí cuenta pero no lo pude evitar. Ella me arrinconó, sutilmente me fue llevando como un cordero hacia el rincón más alejado y oscuro. Me miró despiadadamente, su brillo me cegó, me sentí indefenso, mi respiración estaba agitada como mi corazón, como mi pecho, como todo mi ser. Al notar que quería escapar, tomó mi muñeca con fuerza y la sujetó contra la pared, sentí terror ante la situación, de la palma de mi mano caía transpiración, síntoma inequívoco de mi desesperación. Su cara se acercó a la mía, debajo de su camisa blanca vi el nacimiento de sus pechos, después los apoyó en mí y todo pareció girar. De su boca salió el susurro, tranquilo y acompasado de una pregunta que acarició mi oreja y entró en mi cabeza como un torrente brutal: —¿Por qué me huís? Vos sabés que me gustás.
No pude contenerme, en mi confusión la separé de mí de un manotazo. Eché a correr, golpeé un Charleston y creo que tiré unos platillos en la carrera, todos miraban, salí despavorido, y no paré hasta llegar al obelisco donde me senté a pensar, donde comprendí que ya no iba a volver, que todo lo que quería en la vida lo había perdido irremediablemente. Sabía, y sé, que nunca jamás me podré perdonar, que nunca podré vivir en paz.

Autor: Eduardo Aniotz - Centro Cultural Macedonio Fernández.

Fotografía: Fabián San Miguel.

martes 28 de septiembre de 2010

"María" (fragmento) - Paz Hubacek


María
(fragmento)


Otro año más. Otra sonrisa de su madre regalándole la misma camisa, envuelta en el mismo papel brillante, con el mismo moño de color rojo.
Y otra vez mirándolo a los ojos y con la misma, exactamente la misma ansiedad, le decía: pero rompelo nene, que trae suerte!





cobardía que paraliza los sentidos por un momento

y luego

quiere correr en cualquier otra dirección

donde sepa

que

no va a cruzarse con ese dolor

que todavía está

intacto





miren a los hombres, ahí van
en ese mundo redondo que gira a destiempo
caminando uno encima del otro
apurados por llegar a ningún lugar





ya nadie bebe tus lágrimas naturales





STOP. Ya no bebes mis lágrimas naturales.





El momento que ya no precede a tu palabra.
Tu silencio.





me encuentro desnuda frente a mí,
con el viento soplándome por dentro





estoy sangrando

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . de vos





Aún tengo miedo de despertar en la mañana
y haber olvidado tu sonrisa.



Autora: Paz Hubacek. Centro Cultural Aníbal Troilo.
Fotografía: Man Ray

martes 7 de septiembre de 2010

Viaje interestelar al supermercado chino - Mara Gena (artista invitada)


Viaje interestelar al supermercado chino

No puedo leer. No puedo escribir. No puedo reunir el automatismo mínimo que se necesita para hacer algo concreto. Las energías anárquicas de la ansiedad devoran como ratas propósitos hechos de queso. Abro el mail. Lo cierro. Tiro de mi cabello, lo enrosco y lo aquieto con una hebilla. Abro otro mail. Veo un blog. Intento concentrarme en la oración: “Durante dos días ese joven dio saltos y corrió por toda la casa”. “Do-s-dí--assejov-en-d-io-sal-tos-yco-to-dala-c-a-s-a”. Vuelvo a leerla, letra por letra, pero se dispersan como hormigas. No puedo imantar el significado que las convierta en palabras. La ventana abierta muestra una efervescencia de hojas. Las ramas crecen en el tiempo de un árbol. En este punto desespero. Me pregunto si el experimento cósmico que es la humanidad saldrá bien. Si este fenómeno extraviado que somos podrá sobrevivirnos. Elijo ir a buscar el aceite que falta. Bajo las escaleras. Abro la puerta pesada ante la que todos los vecinos se esfuerzan. La vereda aparece destruida con la furia que sólo la desidia y los perros pueden darle a sus huellas. Un reguero de garras y Adidas hundiendo el cemento. Ante la entrada del supermercado una mujer que parece estar atrapada en la velocidad que ha tomado cuerpo, me primerea. Gira como si fuera un carrito de montaña rusa que ha tomado la curva final y se lanza al interior en busca de fiambre. El lugar es modesto y húmedo. En sus estrechos pasillos los humanos se paran a mirar productos como si se tratara de obras de arte abstracto que intentan comprender. De pronto un hombre maduro eleva un frasco de dulce de leche entre sus dedos. Se coloca los anteojos con celeridad y lo observa compenetrado. Lo rota hacia la derecha y hacia la izquierda. Mira su tapa. Una esposa se detiene a su lado y frunce el ceño. Al parecer el dulce de leche no merece estar entre su colección de changuito lleno. Lo dejan. Llego al fondo del local. El freezer crepita. Viendo un estante lleno de esculturas estrambóticas para contener yogur pienso que la civilización está definitivamente perdida. Es el infierno. Pero me rehúso a decretarlo y vuelvo a confiar en la amarilla calma que me proporcionará encontrar el aceite de siempre. Finalmente doy con él. Aferrada a mi botella de girasol huyo hacia la caja. “¡TWISTO! ¡TWISTO!” grita el dueño apelando a una enfática elipsis para explicarle a un viejo de remera Lacoste de tono salmón irritante, por qué esa caja blanca vale más que otra menos blanca. Una mujer mayor enciende su rol de “abuela dadivosa” y con una sonrisa tiesa le dice a una niña que mira los dulces con ardor que elija lo que quiera. La niña sin sospechas señala uno, dos, tres envoltorios de chocolates diferentes –todas las chispas de felicidad que puede encontrar–. Entonces, sin pudor como si se tratara de una colilla vieja, la mujer extingue su deseo y toma con mano dura un chupetín inexpresivo y dice: “Mejor esto”. Es mi turno y casi consigo apoyar el aceite en el mostrador cuando vuelve la mujer de la montaña rusa y me primerea con huevos, fiambres y muchos postres Royal que acarrea como si fueran de trozos de carne para apaciguar a las bestias. No puedo decir cuánto se enoja mi ego cuando esto sucede. Cuando alguien no me ve a propósito. Suele cantarme al oído, con dulzura, cuanto mejor estaría el mundo si yo pudiera cortarle la cabeza a la maleducada. Y a veces lo consigue. Mis emociones hierven y se exasperan. Otras veces como hoy están tan empantanadas que se enojan con lentitud y se deslizan como babosas hacia la sal de la tristeza. Ahora sí. Es mi turno. Planto mi botella. Desde su traje digno de cualquier flota intergaláctica, la china no parece estar muy a gusto con la atmósfera de la Tierra. Apenas respira. Apenas parpadea. Mira hipnóticamente el envase. Entonces me surge la duda. No me he fijado en la fecha de vencimiento y no sería la primera vez que por estar dormida me llevo algo que ya ha perecido en el letargo de las góndolas. Tomo el envase y comienzo una minuciosa expedición de su superficie. Sin darme cuenta he activado los mecanismos secretos de su cabeza. Hago bailar su nariz de un lado a otro del lector láser. La subo, la bajo. La hago rotar para aquí y para allá. Estoy a punto de soltar una risa cuando aparece una mano delicada pero firme que atrapa al vuelo el envase y lo lleva hasta el Clink! del lector. Salgo. El aire se arremolina en la esquina y la alarma de un auto se subleva. Nuevamente el malhumor salta sobre mí. Odio las alarmas sublevadas que estallan por todos lados con el temor de los que tienen. Abro la puerta pesada. En el piso un papelito doblado se muestra dócil al tacto y liberador de la imaginación. Lo despliego sin contenerme y en los lomos de una birome despatarrada leo: El gauchito Antonio Gil es todopoderoso y milagroso. Pida deseos imposibles y tire las cartas.

Autora: Mara Gena (artista invitada) - http://cerditosmalcriados.blogspot.com/
Fotografía: Fabián San Miguel.

miércoles 7 de julio de 2010

El Barquero - Eduardo J. Podestá


El barquero

Desató con gran templanza la barca, sabiendo que siglos de experiencia lo asistían.
Sobre el navío de troncos todo era despojo, y un solitario y larguísimo remo era lo único que descansaba sobre la balsa, esperando que las poderosas manos del hombre le dieran razón a su existencia.
Parado en la orilla oteó el cielo por un rato, y luego bajó la mirada, hasta dejarla petrificada en esa delgada línea que separa los dos mundos.
Inmóvil como estaba, recibió casi sin parpadear la brisa que agitó sus renegridos cabellos. Era delgado, de contextura fuerte, y su piel morena destacaba los profundos ojos grises. El único atuendo que llevaba puesto era un gastado pantalón blanco, y éste se detenía justo antes de cubrir las rodillas. En su pecho podía observarse, pendiendo de un trenzado tiento que colgaba del cuello, un ovalado medallón de jade que en el centro llevaba grabado un extraño símbolo de color rojizo.
El silencioso hombre, al cabo de un rato y con los ojos entrecerrados, alzó su mano derecha hasta que la punta de los dedos índice y mayor, rozaron el dibujo del talismán. Luego de esto se adelantó unos pasos, y cuando sus pies desnudos se hundieron en el agua, con un preciso salto se colocó sobre la popa de la barca. Con la flexibilidad de un junco, el meditabundo ser recogió el remo, y en unos momentos, la despojada embarcación se encaminó hacia su nuevo puerto.
Parado con firmeza sobre las curtidas plantas de los pies, y erguido sobre la balsa en medio de esa interminable manta líquida, el hombre simulaba ser una oscura columna que sostenía sobre su cabeza todo el inmenso peso del cielo.
De a ratos remaba con fuerza, y de a ratos parecía dejarse llevar por la simple voluntad de la corriente.
El sol comenzó a caer a su espalda, y delante de él, un plateado disco nocturno apenas refulgía, mientras que con gran timidez trepaba en busca de su cetro.

A lo largo de este infatigable viaje, ocho veces vio el barquero como se repetía esta indetenible parábola astral, y a medida que el tiempo transcurría, podía observar como a lo lejos una espesa bruma se alzaba, semejando ser un impenetrable muro de piedra que negaba el horizonte.

Pasadas las horas, llegó hasta los pies del nebuloso muro. Levantó la mirada, y por más que lo intentó, fue imposible descubrir en dónde concluía.
A pesar del cegador obstáculo, el hombre nunca detuvo el andar de la barca, y siguió avanzando con resuelta seguridad. Su derredor era una neblinosa e incierta existencia, pero él manejó la situación como si la travesía fuera algo cotidiano en su vida.
En la novena jornada, la balsa al fin salió del celaje y se dirigió hacia una playa. Descendió de ella, y caminó decidido sobre hierbas amarillentamente resecas que crujían a su paso, hasta que por fin llegó a la boca de una caverna. Se introdujo. Atravesó por horas la negrura más fría y opaca jamás vista. De imprevisto, delante de él, un gran lobo blanco se destacó amenazante al costado del camino. Lo ignoró, y entonces, el extraño animal mostró unos sanguinolentos dientes, y elevando el hocico, lanzó con furia un prolongado aullido mudo.

El hombre al cabo de un tiempo indeterminado salió de aquel sombrío lugar por una boca opuesta a la de la entrada. Al hacerlo, realizó un gran esfuerzo para no cerrar sus ojos. En ese sitio, la luminosidad del día era de un brillo excepcional.
Caminó sin descanso hasta dar con lo que buscaba. Cuando lo halló, se colocó respetuosamente a sus pies y bajo su sombra. Cualquiera que hubiera podido observar esa imagen, tendría la clara sensación de que aquel hombre empequeñecía bajo la inmensidad de ese descomunal ciprés.

Se arrodilló. Cerró sus ojos, y tocando el talismán con la punta de sus dedos de igual modo que lo había hecho nueve días antes, inclinó brevemente su cabeza hacia la tierra. Entonces, por primera vez en todo ese tiempo el hombre abrió su boca, y visiblemente cautivo por el místico ritual, dejó caer del interior de ésta sobre la palma de la mano izquierda, una diminuta perla de oro que refulgía de tal modo, que ningún ser viviente podría tolerar semejante resplandor en sus pupilas.

Cerró la mano. Sopló tres veces sobre el puño, y mientras susurraba una dulce melodía, la bajó hasta dejar la perla a los pies del ancestral árbol. Luego se incorporó. Retrocedió de espaldas varios pasos, y transcurridos unos minutos y aún con los ojos cerrados, pudo escuchar como el batir de unas alas descendían a la tierra y al instante se elevaban con premura.

Él sabía perfectamente cómo se desarrollarían todas las cosas de ahí en adelante. Lo suyo ya estaba hecho, ahora debía regresar. Además, quizás alguien lo estuviera aguardando al otro lado.
No podía permitirse demora alguna. Después de todo, él era el único responsable de cruzar las Almas desde una orilla a la otra.


Autor: Eduardo A. Podestá. Talleres de Fabián San Miguel.
Fotografía: Fabián San Miguel.

domingo 23 de mayo de 2010

"Microcuentos" - Ana María Tur


Mejor Opción

El torrente sanguíneo, impulsado por el movimiento involuntario y descontrolado de su corazón, horadaba su cuello, sus sienes, las yemas de sus dedos.
Su mano izquierda asía con fuerza el brazo contrario, en vano intento de evitar la caída.
Permaneció así con los ojos abiertos, sintiendo su cuerpo arder bajo la capa fina de transpiración, inmersa aún en la pesadilla, suspendida en la oscuridad de la habitación.
Cuando logró calmarse pensó en la mañana. Sólo por un instante… El tiempo suficiente para cerrar los ojos, anudar sus retazos y abandonarse a ella, a la pesadilla, dejándose llevar, como si no fuera más que una cola de barrilete, impulsada a perderse en la profundidad de la noche.



La decisión


Descendió a la playa de estacionamiento. Abrió la puerta del auto y arrojó el sobre de papel madera y su cartera en el asiento delantero. Se sentó al volante, y cruzando sobre éste los brazos apoyó su cabeza en ellos.
Todo había concluido, pero sentimientos contradictorios la asediaban: alivio, amargura, o tal vez furia…
Levantó la cabeza y tomó el sobre. Extrajo la sentencia de divorcio y la contempló unos instantes.
El papel era insuficiente, incapaz de condensar el pasado, y ayudarla a dejarlo atrás. Lo arrojó sobre el asiento nuevamente.
Luego, se estiró hasta alcanzar la guantera. A la presión de su mano, la pequeña puerta se deslizó, puente levadizo que le franqueó el paso a su mano para, de aquella boca oscura, extraer el arma.


Autora: Ana María Tur - Centro Cultural Macedonio Fernández.
Fotografía: Fabián San Miguel.

viernes 19 de marzo de 2010

"Aullidos" - Daniel C. Montoya


Aullidos

De repente los perros se unieron en un canto gregoriano de aullidos.
Sólo en las ciudades y pueblos se percibía el fenómeno en su magnitud de centenares de miles de canes agrupados en un llanto coral. No había rincón poblado donde no penetrara esa desafinada trova de angustia que laceraba almas.
La manifestación, sin embargo, se expandía más allá. El asombro y la incredulidad se imponían por lo unísono que alcanzaban cientos de millones de viejos, adultos y cachorros diseminados por los diferentes hábitats del planeta. En los desiertos, los lobos y coyotes sumaron un polifónico y penetrante cántico de soledad; las primas-hermanas, las hienas de África, aportaron una continua entonación burlesca que ocultaba un dolor no físico; en los polos, los lobos del frío horadaron los silentes hielos con enclavados sollozos que competían con la furiosa y cruda saturación de los vientos.
No había raza que los diferenciara en su quejido.
Los perros empezaron a aullar, y ya nunca se detuvieron. Paraban para comer y beber aguar, sí; pero luego retomaban con nuevos bríos ese lastimoso gemido agudo y grupal, insoportable, injustificado.
Incontables perros domésticos fueron retados igual que niños que se portan mal; incluso golpeados ante su persistencia y tozudez. Los dueños que amaban a sus mascotas multiplicaron las consultas veterinarias hasta saturar los servicios; los desamorados, los expulsaron a las calles, o los mataban sin remordimientos. Los vecindarios entonces se vieron invadidos por miles de perros, ahora sin hogar, con sus hocicos al cielo en un desconsuelo de aullidos.
El desconcierto, y luego el temor, se instalaron.
En treinta horas el fenómeno pasó de ser noticia nacional de cada país, a convertirse en centro único y exclusivo de atención de la prensa mundial, que desestimó guerras menores, atentados, accidentes y cataclismos; la política y la economía cedieron su espacio para que los especialistas opinaran.
Los gobiernos y organismos multilaterales se involucraron. Las dependencias abocadas a salud, medio ambiente, fauna y zoología de Naciones Unidas, así como institutos y centros de estudios nacionales y privados coincidieron en recomendar el confinamiento para estudiar la extraña conducta.
En zonas alejadas de los países desarrollados, se construyeron con rapidez, gigantescas perreras de cientos de hectáreas, a modo de campos de concentración –que recordaban otras épocas y propósitos–, para albergar a los cientos de miles de perros capturados. Los asentamientos se reconocían a decenas de kilómetros, incluso de noche a cientos de kilómetros, tras el aglutinar de aullidos incesantes, como si un atormentado órgano vivo interpretara una destemplada obra sacra.
En los países menos avanzados, se decidió sacrificarlos en masa ante temores místicos, o que una enfermedad contagiosa surgiera de esa conducta anómala.
En ambos casos, el procedimiento no presentó inconvenientes. Los caninos eran ubicados con facilidad por sus ululantes gemidos al aire; ninguno intentaba escapar o resistirse; tan solo esperaban con ojos inundados en la desazón, mientras aullaban, a que los tomaran y los cargaran en improvisados camiones jaula, o les apuntaran para recibir una gruesa munición de fúsil. A los perros muertos se les realizó la autopsia que buscó revelar el misterio. Nada se encontró…

Nueve días después que comenzaran los aullidos, el virus atacó.
Un irreconocible agente viral, propagado por el aire, encontró su blanco en los humanos. El cultivo, una vez alojado, mutaba en pocos minutos a una bacteria invasiva y resistente a todo. El ADN humano era su alimento, convertida en una enfermedad vertiginosa y letal: fiebre, tos, dolores abdominales y vómitos hasta morir en menos de dos horas. A los más débiles los mataba en menos de una hora.
La incertidumbre ante la falta de respuesta médica generó desesperación; todo era inútil, y se terminó improvisando medidas ineficientes. Luego se instaló el pánico.
En menos de dos semanas, la especie humana como forma de vida, desapareció.
Los perros redoblaron su luctuoso lamento al percibir que su inexplicable vaticinio, oculto en su más inexplicable instinto, se cumplía. El sollozo de despedida había alcanzado su razón.
Pero con los días, recuperaron el libre albedrío de su genética salvaje. Y ante la falta de alimento provisto, pronto se vieron seducidos por el fuerte olor dulzón de la carne abombada de miles de millones de cadáveres; y el silencio, donde hasta el viento se acalla para tan solo susurrar entre montañas, selvas, valles y rascacielos, se impuso.

Ocho meses después, la naturaleza había cumplido con sus ciclos de degradación y reciclaje; no había infecciones o pestilencia; de esto solo quedaba un fárrago de esqueletos lustrosos de los miles de millones de cadáveres.
Fue entonces cuando un desconocido pero descomunal objeto se acercó a la órbita terrestre; de él se desprendieron objetos menores que penetraron en la atmósfera recorriendo la misma ruta deshabitada de la Cordillera de los Andes, donde liberaran el virus. La operación LIMPIEZA había concluido. Ahora comenzaba el operativo OCUPACIÓN.
Los perros observaron curiosos como las mudas ciudades empezaban a ser recorridas por inusuales seres semejantes a los humanos, pero nunca iguales.
Y fue el instinto de territorio, y esa vieja fidelidad a su mejor amigo, lo que los impulsó, en jauría y sin piedad, a atacar al invasor…

Autor: Daniel C. Montoya - Talleres particulares de Fabián San Miguel.