miércoles, 7 de julio de 2010

El Barquero - Eduardo J. Podestá


El barquero

Desató con gran templanza la barca, sabiendo que siglos de experiencia lo asistían.
Sobre el navío de troncos todo era despojo, y un solitario y larguísimo remo era lo único que descansaba sobre la balsa, esperando que las poderosas manos del hombre le dieran razón a su existencia.
Parado en la orilla oteó el cielo por un rato, y luego bajó la mirada, hasta dejarla petrificada en esa delgada línea que separa los dos mundos.
Inmóvil como estaba, recibió casi sin parpadear la brisa que agitó sus renegridos cabellos. Era delgado, de contextura fuerte, y su piel morena destacaba los profundos ojos grises. El único atuendo que llevaba puesto era un gastado pantalón blanco, y éste se detenía justo antes de cubrir las rodillas. En su pecho podía observarse, pendiendo de un trenzado tiento que colgaba del cuello, un ovalado medallón de jade que en el centro llevaba grabado un extraño símbolo de color rojizo.
El silencioso hombre, al cabo de un rato y con los ojos entrecerrados, alzó su mano derecha hasta que la punta de los dedos índice y mayor, rozaron el dibujo del talismán. Luego de esto se adelantó unos pasos, y cuando sus pies desnudos se hundieron en el agua, con un preciso salto se colocó sobre la popa de la barca. Con la flexibilidad de un junco, el meditabundo ser recogió el remo, y en unos momentos, la despojada embarcación se encaminó hacia su nuevo puerto.
Parado con firmeza sobre las curtidas plantas de los pies, y erguido sobre la balsa en medio de esa interminable manta líquida, el hombre simulaba ser una oscura columna que sostenía sobre su cabeza todo el inmenso peso del cielo.
De a ratos remaba con fuerza, y de a ratos parecía dejarse llevar por la simple voluntad de la corriente.
El sol comenzó a caer a su espalda, y delante de él, un plateado disco nocturno apenas refulgía, mientras que con gran timidez trepaba en busca de su cetro.

A lo largo de este infatigable viaje, ocho veces vio el barquero como se repetía esta indetenible parábola astral, y a medida que el tiempo transcurría, podía observar como a lo lejos una espesa bruma se alzaba, semejando ser un impenetrable muro de piedra que negaba el horizonte.

Pasadas las horas, llegó hasta los pies del nebuloso muro. Levantó la mirada, y por más que lo intentó, fue imposible descubrir en dónde concluía.
A pesar del cegador obstáculo, el hombre nunca detuvo el andar de la barca, y siguió avanzando con resuelta seguridad. Su derredor era una neblinosa e incierta existencia, pero él manejó la situación como si la travesía fuera algo cotidiano en su vida.
En la novena jornada, la balsa al fin salió del celaje y se dirigió hacia una playa. Descendió de ella, y caminó decidido sobre hierbas amarillentamente resecas que crujían a su paso, hasta que por fin llegó a la boca de una caverna. Se introdujo. Atravesó por horas la negrura más fría y opaca jamás vista. De imprevisto, delante de él, un gran lobo blanco se destacó amenazante al costado del camino. Lo ignoró, y entonces, el extraño animal mostró unos sanguinolentos dientes, y elevando el hocico, lanzó con furia un prolongado aullido mudo.

El hombre al cabo de un tiempo indeterminado salió de aquel sombrío lugar por una boca opuesta a la de la entrada. Al hacerlo, realizó un gran esfuerzo para no cerrar sus ojos. En ese sitio, la luminosidad del día era de un brillo excepcional.
Caminó sin descanso hasta dar con lo que buscaba. Cuando lo halló, se colocó respetuosamente a sus pies y bajo su sombra. Cualquiera que hubiera podido observar esa imagen, tendría la clara sensación de que aquel hombre empequeñecía bajo la inmensidad de ese descomunal ciprés.

Se arrodilló. Cerró sus ojos, y tocando el talismán con la punta de sus dedos de igual modo que lo había hecho nueve días antes, inclinó brevemente su cabeza hacia la tierra. Entonces, por primera vez en todo ese tiempo el hombre abrió su boca, y visiblemente cautivo por el místico ritual, dejó caer del interior de ésta sobre la palma de la mano izquierda, una diminuta perla de oro que refulgía de tal modo, que ningún ser viviente podría tolerar semejante resplandor en sus pupilas.

Cerró la mano. Sopló tres veces sobre el puño, y mientras susurraba una dulce melodía, la bajó hasta dejar la perla a los pies del ancestral árbol. Luego se incorporó. Retrocedió de espaldas varios pasos, y transcurridos unos minutos y aún con los ojos cerrados, pudo escuchar como el batir de unas alas descendían a la tierra y al instante se elevaban con premura.

Él sabía perfectamente cómo se desarrollarían todas las cosas de ahí en adelante. Lo suyo ya estaba hecho, ahora debía regresar. Además, quizás alguien lo estuviera aguardando al otro lado.
No podía permitirse demora alguna. Después de todo, él era el único responsable de cruzar las Almas desde una orilla a la otra.


Autor: Eduardo A. Podestá. Talleres de Fabián San Miguel.
Fotografía: Fabián San Miguel.

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