jueves, 11 de diciembre de 2008

"Gordo". Jorge Freiria (Primer premio del concurso de narrativa breve del C. C. Julio Cortázar - año 2006)


Gordo


Cómo te extraño, Gordo. Cómo me hubiera gustado conocerte. De memoria me sé todo lo que escribiste sobre fútbol. Te lo juro, me escribías a mí.
No podía ser, vos me conocías, en algún lado vivimos la misma vida. Me llenabas de alegría, para mí eras Hemingway, aunque le hayas dedicado a Chandler el triste, solitario y final; que es como yo me encuentro hoy.
Son cosas que ahora me afectan, el final, la tristeza, la soledad.
Creo que también por eso me gusta el fútbol, permite sentir que tenés amigos, muchos.
Yo que trabajo en este diario pueblerino como “encargado” de clasificados y obituarios. ¿Si me hubiera gustado hacer Deportes? No sé si me daba el pinel, Gordo. De cualquier manera, el pasquín no tiene.
Mi trabajo aquí no es estar sentado en un escritorio, atender el teléfono, ¡no!; tenés que “hacer la calle”, patearla, para conseguir los avisos. En esos días fríos, de viento, que terminan sí o sí en una lluvia que te cala hasta las... esperanzas.
Yo, que ocupo esa pieza de pensión sin ventana, al lado de la estación de un tren que ya no pasa, que compro sexo esporádico y mato el hambre en un bodegón donde la humedad es dueña y la mugre impera, siento que no zafo más, vejez y soledad me vencen. Y me vienen las ganas de ir a conocerte, de estar ahí con vos, donde sea que estés, porque en algún lado has de estar, y en una de esas armar un arco con una pilcha, jugar un picado... a ver si salgo de este estado donde solo hay tristeza y nada me importa.
¿Por qué nos gustará tanto el fútbol? Hay gente que no lo siente o no lo entiende. Por ahí es cierto... habrá que tener experiencia de potrero para que te guste, poder gozar con las jugadas, quizás es algo que se mama de purrete. Pero no se puede negar que el fútbol nos da felicidad y nos hace ser muchos. Aunque a veces sea pelea, nos hace ser familia. Mirá los mundiales, esas borracheras de hermandad que nos damos.
Y también ayuda a ser pibe toda la vida. Lo que viste o hiciste jugando no te abandona nunca, no se pierde en el olvido ni te duele, como pasa con las cosas que fueron. ¡No!, te ayuda a sentirte bien. Se mezclan los nombres de los cracks de antes y los de hoy y no sabés de cuándo eran unos y de dónde otros. Y vos con ellos, con todos.
De esa manera puedo eludir a ese viejo de... que, apenas me levanto, me persigue desde el espejo del baño.
Qué tiempos felices los nuestros, Gordo. Creo que a los jugadores de aquellos años si les hablabas de concentración, pensaban en una marcha obrera. El domingo, los fideos y a la cancha.
Épocas de dos puntos el partido, el “atento Fioravanti”, los wines y el centrojá, ¡los picados de potrero, donde tantas veces te entreverabas, demorando mandados de la vieja!
Hablar con vos me entusiasma. Yo era fullback, no tenía gran habilidad para la gambeta. ¿Goles?, por ahí algún penal si me lo hubieran dejado patear, digamos nunca si no fuera por aquel, el único, el de la Rosaura.
Habíamos formado equipo porque en el pueblo no teníamos mucho más para hacer. Algunos, los que contaban con camiseta la tenían hecha un trapito, ajustadas por estirones o engordes y desteñidas por lavados y esos eran los afortunados, los otros nos la rebuscábamos con alguna ropa parecida, como el Colo, que jugaba con el saco del piyama de la hermana.
De botines, ni hablemos. Sólo los conocí en las revistas de la peluquería
Te quiero contar esa vez que fuimos a jugarle a los del pueblo vecino; festejaban el día del patrono. Nosotros ni eso teníamos. Cuando aparecimos ya había empezado la cosa; zafamos de la misa por la tardanza, no había quien nos llevara. Me acuerdo que íbamos el Picao, Abrojo, el Rusito, Pantaleón, los mellizos, el Colo y otros, tengo las caras, los nombres se perdieron.
También se fueron, ¿dónde andarán?
La memoria flaquea y tal vez confunde acontecimientos olvidados.
Cuando llegamos en el playo del viejo del Panta, nos tuvimos que comer la procesión con olor a incienso y el acto, en la Plaza. Hubieras visto, los dos o tres policías de uniforme limpio, la banda, el cura y el intendente con sus discursos, los chicos de la escuela, duritos, las maestras, el director y la gente, de bombacha y boina.
Después, la factura con mate cocido y el partido.
El club, un boliche de borrachos, al costado de una calle de tierra entre la Cañada y el río. Se solventaba con el juego y la prostitución que se ejercían puertas adentro.
La canchita estaba llena.
No sólo les era impensable perder en su casa, sino siquiera que les hicieran un gol. Por eso nos hicieron ir, éramos los presos del pueblo chico. Quizás por estar convencidos que su destino era ganar de golpe, siempre daban golpes, eso sí, con lealtad y fervor, aunque mucho más de lo último que lo primero. O ganaban por paliza o te comías la paliza.
Pesados chacareros de pantalones cortos, ni nos miraban, lo daban como un trámite, sólo les interesaba el baile que venía después, en el corralón adornado de banderitas al lado del club. Era un baile antes del otro.
No sé qué les pasó ese día, pifiaron goles que ni a propósito, hicieron cosas que no se olvidan. El delantero, el del olfato para el gol, tendría la nariz tapada.
Nosotros, a pesar de todo, salimos a jugar con ganas.
Mirá, se me vuelve a hinchar el pecho al acordarme. Abrojo empezó bien en el medio hasta que desapareció, detrás de una chinita. Siempre se prendía, por eso lo de Abrojo.
Subí para un corner a ver si podía picotear algo, resignado al ir a la parrilla del área, donde sólo encontraba leña.
Como siempre, además de patadas, codazos, piñas y puteadas, no pasó nada, la pelota se fue afuera. El Picao e´viruela la desvió por atrás del arco, un corner olímpico pero con el pie torcido.
Y ahí fue. Creo que me demoré al retroceder, buscando ver a la Rosaura. En el saque, el arquero sale mal, tropezando, y es como que me la tira a mí, la encuentro a mis pies.
Me mandé, Gordo.
Algo atrás, el Picao me acompañaba. Me olvidé de los pesados y me jugué; por una vez en la vida saboreé la gloria.
No sé qué pasó, si ese día Dios quiso darme una muestra de que existía, la cosa es que la llevaba atada. Me encara el defensor, que en vez de chacarero sería domador, tan chueco que por las piernas le pasaban dos gallos de riña peleando, grandote y negro como el diablo que cuenta el cura.
Lo único que le faltaba era la capa, todo lo demás lo tenía, hasta el olor a azufre. El tipo se comió un amague y el pase atrás y Picao que llegó a tiempo, todo roto como estaba por los golpes, toca y me la devuelve.
Una charla entre ráfagas, se mandaba después la parte en el boliche.
Lucifer, de nuevo delante mío. Lo enfrento. Aparatoso, se me tira a los pies, para quebrarme, seguro de salvar así el honor.
Alcanzo a tocarla con la zurda, cortita, para que desfile por ese arco de triunfo que se abría debajo de sus caderas y le fue pasando despacito por la comba, como un manantial apacible que escapa entre las piedras.
Un salto me salva de los tapones, que araron la cancha.
Estaba inspirado, Gordo. Frente a los palos un quiebre de cintura, el arquero se desparrama y la mando, fuerte, con los tres dedos. Como no había red, creo que se fue al cañaveral.
Era la única pelota, hubo que irla a buscar porque si no, no seguía el partido. Fue la fiesta, si hasta volvió el Abrojo.
La gente nuestra quería quedarse a vivir en la canchita.
Te cuento esto y me vienen recuerdos de la Rosaura, hay días que la tengo olvidada. Cortito me tenía, siempre dura y esquiva. Pero ese día, por el milagro ocurrido en los pozos de la cancha, germinó la magia y estuvo a mi lado. Como está, porque de alguna manera no se ha ido, como lo hizo en la vida de todos los días, ¿quién se iba a imaginar que me ganara de apuro? Cuando pienso eso, no puedo dejar de preguntarme ¿qué apuro tenía?
Después de ese gol, lo estarás imaginando, empezaron a apretar con todo, a mansalva. No dejaron foul sin hacer. Estaban que trinaban, si ese era el partido contra los presos.
Todavía tengo el hueco en la boca dejado por los dientes que volaron por el patadón que me comí. Pero el gol se los hice.
Al final nos ganaron, es cierto, contra todo no pudimos.
El referí, un policía ya borracho, concedió un penal que Panta todavía está buscando por dónde entró. Más tarde, un bombazo que nunca supimos quién lo pateó, si no fue el mismo vigilante, astilló el palo izquierdo del lado de adentro
Tuvimos un pelotazo cruzado del Abrojo, que le hizo lamer la tierra al arquero y provocó toda clase de desmayos. Pero ya estaba todo dicho, la historia no tendría más sobresaltos.
Y en su rancho, la Rosaura aceptó que pasáramos la noche juntos, la primera, una dulzura de amor y algún dolor cuando, apasionada, me besaba la trompa.
Te das cuenta, Gordo, que sin habernos visto nunca éramos amigos.
No puedo decir que vos también me dejaste solo, porque cuando te fuiste, yo ya estaba solo.
Disculpame este atrevimiento. Hoy vi tu foto en un diario y la pegué acá, al lado de la cama y después no pude dejar de hablarte. Ves que es verdad lo que digo, cómo el fútbol permite hablar, si no, qué te iba a poder decir yo a vos.
Las noches en este hospital son todavía más solitarias que mi vida cuando perdí a la Rosaura. Y siento que también me voy yo, que para mí termina el partido, la vida me saca la roja. No se aguanta tanta soledad.
Te pediría que me incluyas en tu equipo, que seguro que armaste uno, hermano, porque aquí no tengo más ganas de seguir jugando. Me tienen que operar, “pie diabético” dijo el doctor. Y que espera que tengamos suerte, agregó no muy convencido. Es el zurdo, Gordo, con el que hice aquel gol de los tres dedos.
El mundo se nubla y oscurece, se viene el viento y el frío. Quiero consolarme diciendo que todavía no llueve, pero ni yo me la creo.

Autor: Jorge Eduardo Freiria.
Taller literario del Centro Cultural Aníbal Troilo (G. C. B. A.).
Cuento ganador del concurso narrativa breve del C. C. Julio Cortázar - 2006

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2 comentarios:

A las 11 de diciembre de 2008, 15:24 , Blogger mirta ha dicho...

Me produjo mucho placer leer el cuento Gordo.Un estilo claro, accesible a su lectura e interpretación.Muy bien lograda la descripción de una pasión: el fútbol,que aunque no la haya vivido estoy rodeadade gente que sí la siente y no dudo que nos hermana.
Al igual que nosotros los talleristas que nos une la pasión de escribir y trascender.Mirta Cataldi

 
A las 27 de diciembre de 2008, 13:39 , Blogger mara gena ha dicho...

Me gustó inmensamente. Dios y el Diablo en la misma canchita.
"...Dios quiso darme una muestra de que existía, la cosa es que la llevaba atada."
Un momento mágico. Mara Gena.

 

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