miércoles, 14 de enero de 2009

"Agobio" - Gabriel Bonetto

Agobio

El calor es temible en Tucumán. Lo sufren, también, en los humildes barrios de la capital. Temible es el calor en el jardín de la República, donde duermen la siesta, por la tarde, sus habitantes. Luis, nunca puede dormir. A su esposa, le dice, que no puede pegar un ojo a la tarde, que lo atonta el fuego del sol, pero no puede dormir. Esther, su esposa, lo observa con sus ojos achinados. Esther, que es baja y gorda, le responde, más bien le recrimina: no hay leche para los chicos. Luis, que no puede pegar un ojo, y que los abre con una intensidad excesiva, dice que, con las changas no alcanza. No se puede seguir así, dice, mientras respira entrecortado, y pasa su brazo por su frente empapada. Morocho, con arrugas pronunciadas, el rostro de Luis. Continúa impávido y serio, y le dice a su mujer: tengo fiebre. Esther, que le convida mate hirviendo, observa a su marido. Hoy vino el turco, le dice.

En la fábrica se juntan veinte, treinta, cuarenta obreros. Ya habían tenido muchas reuniones en la jornada, de ocho a catorce horas la jornada de trabajo. Encontraban ahí formas para construir vínculos y camaraderías, política y cenas suntuosas desbordadas de vino. Antes, solo insultaban por lo bajo y padecían las humillaciones de los capataces que, con la metodología de la vergüenza, lanzaban provocantes: nunca están conformes estos negritos.
La efervescencia se filtraba en todo el país y, además, en una de las fábricas metalúrgicas más antiguas de Tucumán. David Grimberg toda la semana discutió, peleó, con compañeros, amigos y enemigos. Pelea contra un gremio que agacha siempre la cabeza y tiene privilegios. David Grimberg propone una reunión para discutir sueldos, y ropa nueva y cascos para la seguridad. Grave y áspera, la voz de Grimberg, cuando sube a una tarima y lanza sus discursos. Improvisados, los discursos de Grimberg, y los obreros que, ante cada pausa, lo aplauden rabiosamente. Dicta sus proclamas, mientras ahuyenta su pelo lacio, rubio, que cae sobre sus ojos celestes, y la pequeña multitud canta, que se va a acabar, la burocracia sindical.

El Negro tiene despacho. Pequeño, repleto de papeles y fotos de Perón, el despacho del Negro. Fuma unos cigarrillos largos, y despide, como siempre, el humo en forma de bocanadas. El Negro, que fuma incansablemente, recibe a los compañeros que le vienen a dar el parte de noticias. Malas noticias, le dicen: ya tienen lista y avales. Los muchachos le comentan al Negro, que las elecciones se harán pronto.

Transcurre la semana y en el sindicato continúa la agitación. Están los folletos que circulan de mano en mano, y los que fluyen demandantes por el aire. Las elecciones están próximas. Solo hay dos personas en el despacho del Negro. Un ventilador, chico, de pie, intenta calmar la agobiante temperatura. El Negro no está, me dejó todo a cargo, le aclara el Turco a Luis. Toman cerveza, helada la cerveza que sirven con urgencia. Hicieron un brindis. Que sea rápido, dice el Turco.

La botella de ginebra, casi vacía, sobre la mesa. Luis se sirve nuevamente. Lento el brazo de Luis que deposita la ginebra en un vaso pequeño. Transpira todavía más y dice, por lo bajo, que tiene fiebre. Luis, morocho y con una vieja cicatriz a centímetros del ojo izquierdo, termina la botella. Luego se pone de pie y observa con desprecio a su mujer que limpia la cocina. La toma de atrás y las manos arremeten entre las carnes fláccidas. Las fuertes manos sostienen las caderas, y los dedos enormes aprietan al cuerpo disciplinado de su esposa. Respiración agitada la de Luis, que deja caer sus pantalones y embiste sin pedir permiso. Acepta la mujer, las embestidas de su esposo. La respiración de la mujer es suave y complaciente. No piensa, la mujer, que es baja y gorda, solo cede a la borrachera de Luis que se precipita, impetuoso, sobre las carnes fláccidas. No piensa, Esther, que solo escucha el chapoteo de la pelvis contra sus nalgas. Luis la toma del pelo, como un animal salvaje, y con la mano libre apalea la carne enrojecida. Suspira fuerte, Luis, gime, y cuando su respiración parece extinguirse, dice que, a los chicos no les faltará comida.

Entre el silencio, solo se escucha el sonido del sol, que chamusca la tierra, árida, del jardín de la república.

David Grimberg toma café con leche, como todas las mañanas, en el bar de la esquina. Medialunas de grasas, le pide David al mozo. En la misma mesa está un compañero, que toma una gaseosa con hielo, y le dice, carraspeando, en voz baja, que el Negro va a hacer todo lo posible para cagarnos. El compañero hace silencio. Sabe de apretadas, David Grimberg, y además, de como funciona el sindicalismo en el país. Cada vez somos más, y será difícil que nos derroten, le dice Grimberg. Tienen miedo, no es otra cosa, entendés, le explica.

Una, dos, tres veces, suena el teléfono. Una mujer atiende. Una voz rigurosa solo dice unas precisas palabras y corta. La mujer, en ese instante, palidece, y su mano, frágil, derrumba el teléfono. Pocas frases, las que sentenció, con una seguridad implacable, una voz de hombre, que dejó a la mujer temblando. Unas horas después, la mujer, le cuenta con lágrimas en los ojos, a su esposo: decile a ese judío de mierda que no joda porque la va a pasar mal, me dijo. Así me dijo, y cortó. David Grimberg junta sus manos tapando su cara. Un eco brota y se esparce por todo el living de la casa. Que hijos de puta, exclama.

Rayos de sol, diáfanos y penetrantes, despiden humo del caucho de las avenidas recién pavimentadas.

Por qué no se vuelven a Siberia, pregunta y larga una carcajada. Estruendosa, la carcajada del Turco. Comunista y judío, que mezcla peligrosa, le dice a Luis que lo observa detrás del escritorio. Le pregunta si le vio la cara. Cómo es el rostro de un tipo que se va a morir, le pregunta. ¿Tendrá pánico, o pondrá esa cara de mártir, que ponen muchos tipos que se creen héroes? Los dos ríen, a carcajadas.

David Grimberg camina por una plaza cercana a su casa. Su mirada al frente, impasible, observa a los chicos jugando en el tobogán. Piensa en los hijos que no tiene. Piensa que todavía está a tiempo para formar una familia. Es joven David Grimberg, que observa a los chicos que tropiezan y ríen, y tantea un arma detrás del pantalón. Pequeña el arma, calibre 22, que tiene entre el pantalón y la camisa transpirada.

Insoportable el sol en Tucumán, que achicharra los campos de caña de azúcar.

Un auto, largo, negro, estaciona cerca del cordón de la vereda. El motor en marcha del auto que estaciona. Luis, paso firme y sosegado, baja con calma. Camina hacia donde está ese hombre que estuvo siguiendo toda una semana. Ese hombre que recorre las calles, como todos los días, solo, sin guardaespaldas, con el orgullo de los que no le temen al enemigo, alejando el mechón de pelo rubio que cae sobre sus ojos. Ese hombre que no llega a darse cuenta que una descarga de dos, tres o cuatro disparos se impregna en su cuerpo.

El sol ilumina la sangre que fluye urgente por el cemento. Resplandeciente, la sangre que recorre por la vereda.

Nadie escucha nada en el humilde barrio de la capital tucumana. Todos duermen siesta. Luis le dice, todos los días, a su esposa, que no puede pegar un ojo.

Autor: Gabriel bonetto. Talleres particulares de Fabián San Miguel.

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jueves, 11 de diciembre de 2008

"Ese granjero". Gabriel Bonetto


Ese granjero


“…sólo deseo que la luz se haga,

y lo imploro en nombre de la humanidad,

que ha sufrido tanto y que tiene derecho

a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más

que un grito del alma.”
Emile Zola



Con movimientos lentos prepara su pequeño disfraz, una metamorfosis que lo camuflará de los peligros de la ciudad. Ahora es un jubilado desgarbado que intenta pasar desapercibido. Tiene un pulóver gastado y una camisa marrón, y adorna su cabeza con un sombrero de paja, parecido al de un granjero. Hace algunos meses había adoptado otro nombre. Un documento prolijamente trabajado lo registraba con la misma identidad que usó para la investigación de una masacre dos décadas antes.
“…me llamaré Francisco Freyre, tendré una cedula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, llevaré conmigo un revolver y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente”.
Cada vez que asoma su mirada hacia el espejo descubre un rostro gastado, abatido. Los últimos meses fueron los más tristes de su vida. En el rincón del baño recuerda algo que había escrito tiempo atrás en una serie de memorias que estaba preparando.
"Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año".

Está viviendo en San Vicente, un pueblo tranquilo, de campo, de esos en los que se respira paz y tranquilidad. Se resistió mudarse de aquella casita junto al río Carapachay, pero le habían dado vuelta todo su lugar en el Tigre y tuvo que cambiar de morada. Rápidamente entendió que se venía el peor momento en la historia de la Argentina. En la primavera del año anterior vivió esa lucidez profética transformada en pesadilla; su hija Vicky murió en un enfrentamiento, se disparó antes que la capturaran.

“…recuerdo esa ultima frase de ella, en realidad no me deja dormir –Ustedes no me matan dijo en voz alta pero muy tranquila- nosotros elegimos morir”.

El verano de 1977 fue dolorosamente intenso para él, extrañaba a su hija, también al poeta que era su entrañable amigo

Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: -Disparen ustedes. Luego agregó - Me tomé la pastilla y ya me siento mal”.

Llega la mudanza. La casa de San Vicente le da algo de sosiego, tiene mucho verde y un cielo para respirar un aire menos contaminado. Es un lugar sencillo, con un jardín que él y Lilia, su compañera, cuidan con esmero. Allí habitan limoneros, plantas de lechuga, tomates y algunas hortalizas. También tienen una improvisada parrilla que están limpiando para recibir en una semana a su hija Patricia y a sus dos pequeños nietos.
Su práctica diaria es sencilla: un vaso de un buen whisky en el escritorio y la Olympia portátil para abstraerse definitivamente en el trabajo. De esta forma corrige sus últimos cuentos y comienza a desarrollar lo que serán las memorias sobre su relación con la política y la literatura. Luego coloca un tablero de ajedrez en la mesa e imita las jugadas de un libro con partidas de grandes campeones. A la medianoche, cuando finaliza la tarea, disfruta de las estrellas junto a Lilia. Con dedicación, apoya la mano sobre su hombro y le enseña las constelaciones con todos los detalles. Sabe de algunas por novelas que ha leído, y otras las inventa con nombres inverosímiles que hacen reír a su compañera. Conversan, se cuentan los rutinarios y convulsionados días que viven. Ambos se ayudan, son los compañeros fieles que se juntan para resistir el desaliento y la muerte.
Con mucha paciencia corrige sus escritos, con dosis de insistencia bien planeada, sin olvidar, además, su labor en la agencia clandestina y las reuniones de militancia, la misma que le había robado ese preciado tiempo de literatura que ahora tanto añora. Aquel verano había vuelto también al trabajo de investigación, ahora con un manifiesto sobre la resistencia a la feroz dictadura, una carta abierta que denuncia el terror y alivia su abatimiento. Había elegido distribuirla cuando se cumpliera el aniversario del golpe.
“…sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles."

Toma su portafolio gris y llama a Lilia. Le avisa que se apure por que van a perder el tren a Constitución. Hace calor y en los andenes la temperatura parece elevarse aún más. Cuando llegan le da un beso para despedirla. Se abrazan fuerte algunos minutos pero no se dicen nada. Antes de la despedida, su compañera le encomienda que a la noche no olvide de regar el almácigo de lechuga que habían plantado un mes atrás. Sonríen. Se desean suerte. Cada uno sigue su camino, los dos tienen cinco cartas para repartir. El quiere entregar una, en forma personal, a una compañera de militancia. Las demás serán depositadas en tres o cuatro buzones de la zona.
Había pasado ya la una del mediodía y ahora es Francisco Freyre quien cruza la calle Brasil. Llega a la esquina de San Juan y Sarandí y lo espera una mujer alta con anteojos que tiene un diario bajo el brazo. No se saludan. Freyre entrega una carpeta sin detener su marcha por la avenida. Su idea es tener otra entrevista a las tres de la tarde. Todavía le falta una hora para el próximo encuentro.
En la búsqueda de un teléfono público marcha hacia la esquina y escucha el ruido imponente de los frenos de un auto. Tres personas lo estuvieron observando un largo rato y en un principio no lo habían reconocido. Salen del coche y empiezan a correr para detenerlo. Freyre no duda. Todos los perseguidos saben que en algún momento estarán en esta situación: la cercanía de la muerte que tanto presagiaban. Las imágenes comienzan a sucederse velozmente en su mente; se entremezclan el angelical rostro de Vicky, que reía sin parar mientras gatillaba una ametralladora antes de morir, con el irracional temperamento de Paco, su amigo que cambió sus poemas por unas pastillas de cianuro.
Los pensamientos de Freyre se detienen abruptamente. Sin dudar un segundo manotea su pequeña pistola, la misma que siempre guardaba en el pantalón y que Lilia le regaló algunos años antes para su seguridad. Intenta correr por entre los coches estacionados y dispara dos veces hiriendo a uno de sus perseguidores. El momento de recuerdos lo hizo inmune fugazmente. Aquellas figuras del drama volvieron obsesivas, perturbadoras.
“Había salido el sol sobre el tétrico escenario del fusilamiento. Los cadáveres estaban dispersos en las inmediaciones de la ruta. Algunos habían caído en una zanja, y la sangre parecía convertirla en un alucinante río…”

Ahora el descampado de José León Suárez es una calle céntrica repleta de ruidos y aquellos fusilados se transforman en una sola persona.
La respuesta enemiga no tarda. Un grupo de la Marina lo encierra con unas ráfagas de disparos. El cuerpo desaparece de la escena con una rapidez asombrosa. Ningún testigo reconoce a Francisco Freyre. Apenas un sobreviviente llegó a ver, tiempo después, el cuerpo en una camilla en la ESMA. Estaba irreconocible. Un sombrero, parecido al de un granjero, quedó en la vereda apenas algunos minutos. Nunca se supo de él.

Autor: Gabriel Bonetto. Talleres privados de Fabián San Miguel.

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