sábado, 6 de junio de 2009

"Encuentro inesperado" - Ángela Rossi


Encuentro inesperado

Ese día te fuiste de la empresa muy malhumorado; no te gustan las cenas de negocios, siempre se las dejás a tu socio, pero esta vez él estaba en Mendoza. Así que saliste rumbo a la Recoleta, un viernes a la hora de mayor tránsito, lo que no ayudó a que te sintieras mejor.
Cuando llegaste, el estacionamiento del restaurante estaba completo, así que estuviste buscando dónde dejar el coche. Encontraste un lugar, estacionaste y bajaste del auto; comenzaste a caminar, tenías que cruzar la plaza, tan hermosa con sus árboles añosos, sus canteros con flores, las farolas prendidas y el cielo estrellado; todo hizo que tu humor fuera cambiando. Te detuviste en el Paseo de los Artesanos, entreteniéndote mirando los trabajos expuestos.
Cuando te encontraste con tus clientes ya estabas dispuesto a pasarla bien y a disfrutar de la comida.
Al término de la cena salieron del restaurante riendo y conversando animadamente. Se separaron en la puerta, después de saludarse (ellos habían podido guardar el auto en el estacionamiento).
Vos comenzaste a caminar rumbo a la plaza. Una espesa niebla había descendido sobre la ciudad, los árboles parecían fantasmas y las farolas estaban aureoladas por la humedad.
Apuraste el paso mientras pensabas en lo difícil que iba a ser manejar hasta Olivos con ese tiempo.
Ibas a abrir la puerta del auto cuando la viste. Apareció así, de pronto; no habías escuchado sus pasos y estaba casi al lado tuyo.
Alta, delgada, el pelo negro le brillaba con reflejos violeta, el vestido azul le marcaba los muslos y las piernas perfectas y un chal de gasa bordada flotaba alrededor de su cuerpo.
Caminaba, pensaste cuando la viste, con la gracia de una bailarina de ballet.
Cuando llegó a tu lado, viste sus ojos verdes y su boca hermosa. Paralizado, la mirabas extasiado, mudo. No hablaron. Ella extendió una mano hermosa y blanca y vos sin dudar la apretaste con tu mano morena.
Te dejaste guiar por ella y caminaste a su lado sin preguntar nada, fascinado, sintiendo su cuerpo pegado al tuyo. Hicieron unas cuantas cuadras, así en medio de la niebla que lo rodeaba todo. Se detuvieron en una casa blanca, subieron una escalera de mármol. Ella abrió la puerta (no te extrañó que estuviera sin llave, ni te diste cuenta).
Te llevó hasta el dormitorio: allí todo era muy antiguo: una araña con caireles, los muebles de caoba rojiza, la cama cubierta por un acolchado de seda marfileña.
Se pegó a tu cuerpo, se besaron y después todo fue una locura, un abismo de pasión como no habías vivido nunca. Una pasión que no parecía saciarse, ni en vos, ni en ella que se abrazaba a tu cuerpo con desesperación; sus uñas clavadas en tu espalda dejaron marcas que aún conservas.
El tiempo se había detenido, hasta que ella vio por la ventana que la noche estaba extinguiéndose, comenzaba a clarear. Se levantó y se vistió de prisa mientras vos hacías lo mismo, al tiempo que tratabas de que te respondiera el porqué de esa prisa. Ella no te escuchaba. Había pánico en sus ojos.
La abrazaste y entonces te rogó, con una voz baja, casi un susurro “déjame ir y por favor no me sigas”.
Se desprendió de tus brazos y salió corriendo.
Tomaste el saco y saliste tras ella. La niebla se estaba disipando, la viste doblar una esquina, su chalina y su pelo flotaban en el amanecer sin viento; cruzó la calle y atravesó la plaza, se te hacía difícil seguirla, te asustaba la idea de no volver a verla, no sabías ni su nombre.
Así, corriendo, llegaste al muro del cementerio. Sin poder creerlo la viste entrar por el portón abierto, sin que escuchara tus gritos, llamándola.
Desorientado, miraste para todos lados, era su silueta la que se alejaba en medio de los panteones y las estatuas.
Ya el sol comenzaba a disipar la oscuridad y permitía ver los panteones, las esculturas y las tumbas
Te internaste por los pasillos, buscándola desesperado: ella no aparecía por ninguna parte.
Un nudo te apretaba la garganta, ahogándote. Después de una nueva y frenética recorrida, comenzaste a caminar hacía la salida, con un sentimiento de pérdida irreparable.
Ibas mirando entre las sepulturas, no podías creer que hubiera desaparecido. Por un instante pensaste en una broma macabra, después te diste cuenta que era imposible una broma en ese lugar.
Caminabas cabizbajo cuando una tumba te llamó la atención. Era de mármol negro, no tenía nombre y dos enormes ramos de claveles rojos asomaban de dos floreros sobre el mármol.
El contraste entre el negro y el rojo atrajo tu atención y algo más, de un ángulo del mármol asomaba un trozo de tela; te acercaste: era la gasa tan extraña que cubría los hombros de la mujer con la que habías pasado la noche más maravillosa de tu vida.
Sentiste que te ahogabas. Estremecido, paralizado, no podías alejarte de esa tumba.
Después, muy lentamente, arrascándote, comenzaste a caminar rumbo a la salida y a tu coche. Manejaste como un ciego hasta tu casa. No sé como pudiste viajar en ese estado; sólo un milagro te permitió llegar hasta acá.
Ya pasó un mes desde esa noche, y seguís ahí, tirado sobre la cama, enfermo, estremecido por la fiebre, buscando una explicación, qué no creo que encuentres.
Hermano, me has contado una y mil veces esta historia, sin duda espeluznante, cada vez vas agregando nuevos detalles, no sé cómo ayudarte, porque es una experiencia que mi espíritu racional se niega a aceptar, pero eso no importa ahora.
Lo importante es que tenés que levantarte de esa cama, empezar a retomar tus actividades, sin duda te va a resultar difícil, pero la única solución, creo, es que trates de olvidar lo que te pasó y vuelvas a vivir, como antes, el tiempo se encargará de que el recuerdo de esa mujer se vaya disolviendo y seas capaz de amar a una mujer real. Por favor, haz el esfuerzo.

*Este cuento está basado en una leyenda urbana de la Ciudad de Buenos Aires.

Autora: Ángela Rossi. Centro Cultural Elías Castelnuovo.
Fotografía: Fabián San Miguel.

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martes, 10 de marzo de 2009

"Ema y Antonio" - Ángela Rossi

Ema y Antonio

Antonio conoció a Ema en el mes de marzo de hace... cuarenta años.
No había reparado en ella hasta un día que, al llegar a la estación, no estaba. En ese momento se dio cuenta de que se había acostumbrado a verla todas las mañanas, esperando el tren de las 7:15.
Él, con sus 23 años, vestido con traje y corbata y con un buen empleo, se sentía un hombre mayor y miraba con cierta molestia a las alborotadoras muchachas que llenaban el andén con sus gritos y sus risas, mientras esperaban el tren que las llevaría al normal de Caballito.
Cuando no vio a Ema sintió que el andén estaba vacío. Ahí se dio cuenta de que las tibias mañanas de marzo le habían parecido más hermosas porque ella estaba ahí, alejada del grupo bullicioso.
Alta y delgada, el largo pelo castaño recogido, los grandes ojos oscuros, serios, permanecía quieta, abrazada a sus libros, sin mirar a nadie.
Al no verla recordó que algunas veces la había ayudado a subir al tren que llegaba a Liniers ya repleto de pasajeros y los que esperaban, trataban de subir formando una avalancha peligrosa. La veía bajar en Caballito y caminar por el andén amplio con la misma actitud seria, recatada.
Una sensación de triste nostalgia lo envolvió.
Al otro día fue más temprano a la estación y esperó con ansiedad la llegada de la muchacha. Cuando la vio se le iluminó la mañana. Buscó acercársele y la ayudó a subir al tren. La miró absorto hasta que bajó en Caballito. El resto del viaje se quedó pensando en cómo acercarse a la joven, casi una niña.
Pasó marzo, llegó abril; las hojas secas comenzaban a alfombrar las veredas y las mañanas eran más frescas.
Antonio estaba enamorado de Ema y no se atrevía a acercarse a ella.
Una mañana, un chaparrón inesperado le dio la oportunidad que estaba buscando. Siempre prevenido, llevaba un paraguas y cuando comenzó a llover (llovía más en la estación que en la calle) se acercó a Ema y le ofreció la protección de su paraguas. Ella aceptó con un gesto y permanecieron juntos, callados, hasta que llegó el tren.
Subieron en silencio.
Al llegar a Caballito, Ema lo miró.
—Gracias, hasta mañana —le dijo con una sonrisa y se alejó hacia la puerta.

Después, todo fue fácil. Se encontraban cada mañana y conversaban (no mucho, ambos eran bastante callados).
Mayo y Junio pasaron con rapidez y un viernes se animó y la invitó a salir.
—¿No quiere ir al cine mañana? En el Edison dan una película italiana que me dijeron que es muy buena.
—Sí. A mí también me dijeron que era buena. Se llama Güendalina y tengo muchas ganas de verla.
A partir de ese sábado se encontraron todos los días.
Antonio estaba fascinado con Ema. Ella lo escuchaba con admiración silenciosa.
En Agosto, ya eran novios oficiales. Los padres de Ema aceptaron complacidos a Antonio: era “un buen partido”; serio, responsable, con un buen empleo…
Ema, que hacía poco había dejado las muñecas, soñaba con jugar a ser ama de casa, tener una casa para decorar a su gusto, un lugar para ella y Antonio. No tenía amigas, le costaba relacionarse con extraños y se aferró a Antonio y a su amor.
Él se complacía de esto, ya que deseaba a la muchacha solo para él.
Al llegar septiembre, los árboles se llenaron de hojas nuevas y los jardines de flores.
Antonio sacó un préstamo y compraron un ph: dos dormitorios, living comedor y, lo que encantó a Ema, una terraza y un patio con una escalera caracol.
Llegó diciembre, Ema recibió con indiferencia su titulo de maestra, ocupada con todos los detalles de la boda. El 22 de diciembre se casaron. Ambos sintieron que sus sueños se hacían realidad.

Antonio regresaba alegre de su trabajo sabiendo que Ema lo esperaba. Cada vez se sentía más enamorado de su mujer, casi una niña, que se le ofrecía con una mezcla de inocencia y pasión que lo deslumbraba.
Sentados en la cocina, tomaban mate y Ema escuchaba atenta el relato de todos los pequeños sucesos que habían llenado su día. Ella hablaba poco, ambos se entusiasmaban esperando el hijo que iba a hacer que formaran una familia.
Mientras, Ema se ocupaba de la casa. Empezó a comprar macetas y plantas que fue ubicando en distintos lugares.
En diciembre la casa parecía más alegre que nunca con los rojos, los violetas y los amarillos de las flores que ella había comprado. Pero el deseo de tener un hijo no se había cumplido.
Comenzaron un largo peregrinaje por médicos y clínicas especializadas, hasta que tuvieron que rendirse a la evidencia. Nunca podrían tener un hijo.
Antonio sugirió adoptar un bebé, y fue la primera vez que vio a Ema enfurecida.
—¿No me querés más? —le gritó fuera de sí—. ¿No te alcanza mi amor que precisás traer a nuestra casa a un extraño?
Él, sorprendido por esa reacción, la abrazó y le habló hasta que logró calmarla.
Nunca más se habló del tema.
Ema se volvió aun más retraída. Sólo salía de la casa para hacer las compras que incluían la inevitable visita al vivero.
Lo único que la entusiasmaba eran las plantas. Cuando el patio estuvo rodeado de macetas comenzó a colocar maceteros en la terraza. Las plantas de interior fueron llenando cada rincón de la casita, y el perfume de los jazmines y lavandas, colocados debajo de la ventana del dormitorio, hacía que muchas noches Antonio se despertara sofocado.
Pero la veía tan contenta, sentía que era lo único que la alegraba y no dijo nada.
Los años fueron pasando, un invierno siguió a otro y nada alteraba la rutina de la pareja.

Cuando cumplieron diez años de casados, Antonio se sentía feliz. Disfrutaba de su trabajo y amaba a su mujer
A veces se miraba al espejo y veía que su cabello comenzaba a ralear y que su vientre hacia rato había dejado de ser plano y después la miraba a Ema: era la misma adolescente que había conocido en la estación, con los ojos grandes y profundos, el mismo peinado y los vestidos sueltos y largos que resaltaban su esbeltez.
Pero algunas cosas habían cambiado. Ema ya no quería salir sola a la calle, así que comenzaron a hacer las compras los sábados y Antonio la acompañaba al vivero.
Él comenzó a quedarse más tiempo en el trabajo: allí tenía compañeros con los que podía hablar de todas las cosas que a Ema no le interesaban y, además, allí no había una sola planta. Después sentía remordimientos y buscaba formas de hacerle sentir a Ema cuánto la amaba

Diez años después, Antonio tuvo que empezar a usar anteojos. Ema ya no quería salir de la casa, él se hizo cargo de las compras y terminó siendo amigo del dueño del vivero. Las plantas invadían toda la casa. Las hiedras cubrían con sus tupidas hojas las paredes; la terraza era un bosque, el patio estaba lleno de macetas, el segundo dormitorio se había convertido en un invernadero y adentro de la casa los pothos, los helechos, las aralias, habían crecido ocupando todos los espacios. La casa se había vuelto un lugar sombrío, penumbroso. Comenzó a sentir que se ahogaba, pero cuando la veía a Ema volvía a sentir por ella la misma pasión. Muchas noches, después de hacer el amor y cuando ella ya dormía, él se quedaba mirándola, fascinado por su belleza juvenil.
Una mañana, mientras desayunaban, Antonio comenzó a observarla: miró como descubriendo ese cuerpo esbelto, ese rostro adolescente, sin una arruga, pero sin expresión. Los ojos eran hermosos, pero no decían nada.
—¡Dios mío! —pensó—, se ha convertido en una planta, hermosa e indiferente.
Se arrepintió enseguida de haber pensado eso, sintió vergüenza, pero la idea ya estaba ahí instalada, y poco a poco fue creciendo hasta que tuvo que reconocerse a sí mismo que estaba cansado de esa esposa silenciosa y de esa casa convertida en un bosque… Una noche soñó que las plantas se acercaban a la cama y con sus largas ramas rodeaban su cuello asfixiándolo. Se despertó semiahogado y ya no pudo volver a dormir. Se levantó en silencio, fue a la cocina y se sentó a tomar un café, pensativo. Estaba harto, pero sabía que cuando Ema apareciera con su belleza intocada quedaría de nuevo preso de su deseo.

Ese sábado cumplían 25 años de casados. Antonio se levantó temprano. Se sentó a tomar mate en la cocina, solo. Ema dormía. Últimamente dormía mucho. Las plantas se habían apoderado de toda la casa. En el invernadero, las orquídeas resplandecían. La terraza era ya un bosque donde las plantas crecían sin ningún control. Ema estaba muy débil, no podía subir la escalera, así que Antonio era el encargado de regarlas, pero se olvidaba; casi nunca subía. Igual seguían creciendo. Ya la casita era una enorme mancha de verdes, salpicada de rojos, amarillos, blancos…
Habría que pintar, pensó Antonio, mirando el techo de la cocina, oscurecido por el paso de los años. Sabía que era imposible: como hacer para pintar con todas las plantas invadiendo la casa, nadie querría hacer el trabajo y Antonio ya tenía demasiado con su trabajo y las tareas de la casa y cuidar a Ema.
Estaba preparando el almuerzo cuando ella entró en la cocina: ya no se ocupaba de nada pero seguía, por suerte pensó Antonio, preocupándose de estar siempre arreglada. Seguía usando los mismos vestidos largos y el cabello recogido, como la había conocido hacía ya tantos años. Pero ahora estaba muy delgada, la piel tensa sobre los pómulos, los ojos más enormes que nunca, la mirada perdida.
Con amor la tomó de los hombros y la acercó a la silla. Ella se sentó y se quedó quieta, mirándose las manos, los dedos largos, huesudos. Le acercó una taza de café con leche y, como a un niño, le fue dando de beber a pequeñas cucharadas, que ella tragaba con aire ausente.
Antonio le hablaba, y ella parecía escucharlo con atención, pero él sabía que minutos después no se acordaría de nada de lo que le había dicho.
—Estoy preparando tu plato favorito, y compré helado, tenemos que festejar… —dijo mientras se levantaba a seguir cocinando
Ema no respondió. Siguió sentada, inmóvil.
Antonio siguió hablando, mientras cocinaba.
—Las orquídeas están hermosas. Hay flores nuevas, ¿no querés verlas?
Sólo el silencio.
Pero el silencio se rompió de pronto. Ema estaba gritando, asustada.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Antonio acercándose.
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Alguien que me ayude! —gritaba Ema desesperada, sacudida por una convulsión.
—¡Por Dios Ema, soy yo, Antonio, tu marido!
La abrazó con fuerza y ella, poco a poco, se fue calmando.
—Suerte que llegaste. Tuve tanto miedo —dijo Ema, respirando ya más tranquila.
Antonio no se atrevió a preguntarle si sabía quién era él.
Siguió cocinando, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Autora: Ángela Rossi. Centro Cultural Elías Castelnuovo.
Fotografía: Fabián San Miguel.

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miércoles, 7 de enero de 2009

"La mujer que se tiñó el pelo de rojo" - Ángela Rossi


La mujer que se tiñó el pelo de rojo

El sonido del despertador la sacó de su sueño pesado. Prendió la luz del velador y se bajó de la cama. Hacía frío; se puso un pulóver viejo sobre el camisón y salió del cuarto.
Como una autómata se lavó los dientes sin mirarse en el espejo y volvió al dormitorio para llamar a su marido: ya se estaba vistiendo.
En la cocina preparó el desayuno para ambos, fue hasta el pasillo, recogió el diario y lo dejó al lado de la taza de café de su esposo.
Él entró ya cambiado, se sentó, untó una tostada con mermelada y abrió el diario.
Ella tomó un sorbo de café y prendió el primer cigarrillo del día y se quedó así, sentada y fumando mientras tomaba su café en silencio.
El hombre se levantó y prendió la radio. Eran las ocho de la mañana y hacía mucho frío, informaba el locutor y la mujer pensó que esas dos cosas ya las sabía.
Ya con el saco puesto y mientras se iba poniendo el sobretodo le dio un beso y se marchó.
Ella quedó sola; con desgano se levantó, apagó la radio, se sirvió otra taza de café y prendió otro cigarrillo. Pensativa comenzó la rutina diaria: bañarse, hacer las compras, limpiar la casa.
Desde hacia algún tiempo había comenzado a hacerse preguntas, para las que no encontraba respuesta. Fue al dormitorio y se miró con detenimiento en el espejo: vio que era una mujer atractiva, aun vestida con un jean y un buzo gastado. Se acercó y escrutó las pequeñas arrugas que se le estaban formando a los costados de los ojos, grandes y oscuros, que contrastaban con su melena castaño claro.
Decidió que era una mujer todavía deseable y una vez mas se preguntó por qué sentía que su marido la consideraba como la heladera o el lavarropas, algo útil y necesario, pero en lo que no se reparaba, algo que estaba ahí, algo a lo que uno estaba acostumbrado y que se hacía invisible
—¿Por qué todo tiene que ser así, por qué no puede ser todo diferente? —se preguntó.

Esa tarde se encontró con una amiga y trató de contarle lo que le estaba pasando, la respuesta no se hizo esperar:
—Mirá, lo que pasa es que vos estás medio depre por el tema ese de la menopausia, se te revuelven todas las hormonas y ves las cosas negras; pero estoy segura de que tu marido te quiere, te trata bien, no te hace faltar nada, no te quejés que hay otras a las que les toca cada uno, que bueno, para qué hablar...

Volvió temprano y llena de culpa. Preparó la cena y se sentó a mirar la telenovela.
Cuando sintió que su marido habría la puerta, se levantó y fue a preparar la mesa para la cena.
Él la saludó con un beso y fue a cambiarse. Ya en pijama y pantuflas se sentó a comer. Mientras comían él le contó algo que había pasado en el trabajo: ella puso su expresión de “te escucho con total atención”, mientras volvía a pensar en el lavarropas y la heladera.
—Está muy rico esto —comentó el marido, mientras terminaba su porción de pastel de carne, (siempre le elogiaba la comida).
Miró la hora y se levantó rápido.
—¡Ya empieza el partido! —exclamó mientras prendía el televisor del living.
—Te dije: ya empezó.

Ella se quedó un rato más sentada en la cocina vacía. Después se levantó, lavó los platos y, tomando la bolsa del tejido, fue y se sentó junto al hombre, que miraba absorto el juego.
Mientras tejía se preguntaba otra vez en silencio ¿por qué todo tiene que ser así?

El despertador sonó y la sacó de su sueño pesado. Se levantó, pensó hace frío y todo comenzó igual que el resto de los días.
Pero ese día, mientras tomaba la segunda taza de café y fumaba un cigarrillo decidió que tenía que hacer algo para saber si realmente se había vuelto invisible para su marido.
Esa sensación de invisibilidad la había acompañado durante parte de su niñez y recordó algo que sucedió cuando ella tenía doce años.
Una tarde -era verano- se sentía muy triste y se había encerrado en el baño a llorar.
Se miró al espejo y vio sus ojos enrojecidos y sus largos cabellos claros todos revueltos. Nunca supo por qué tomó una tijera que había en el botiquín y comenzó a cortarse, mechón por mechón, todo su cabello, hasta quedar con la cabeza casi rapada. Después se lavó la cara con agua fría y salió del baño. Expectante fue hacia donde su madre estaba sentada leyendo una revista, ella apenas la miro y le dijo ¿te cortaste el pelo? Te queda bien. Deseo caerse muerta allí mismo.

Ese suceso tanto tiempo olvidado volvió a dolerle como ese día.
Se vistió, se puso una campera, tomó su bolso y se fue. Iba a hacer algo para comprobar si su marido la veía o no. Cuando regresó su melena clara se había transformado en una cabeza de cabellos cortísimos y de un rojo violento.
El día transcurrió lento, interminable.
Cuando finalizó de preparar la cena, fue al cuarto y se quitó el buzo que usaba en la casa y se puso un pulóver negro de lana muy suave.
Puso la mesa y esperó.
Como todos los días él entró, le dio un rápido beso en la mejilla y se fue a cambiar.
Se sentaron a comer, él habló algo de la oficina.
—Está muy rico esto —dijo mientras se iba para el living y desde allí le decía en voz alta:
—Apurate que ya empieza la película de Bruce Willlis.
Las lágrimas rodaban silenciosas por sus mejillas, mientras lavaba los platos y seguía limpiando lo ya limpio hasta que no tuvo más excusas para tomar el tejido e ir a sentarse frente al televisor.

El despertador la sacó de su sueño pesado. Se levantó. Hacía frío. Tomó el pulóver para ponérselo y se quedó quieta, pensando; lo dejó caer al suelo y despacio, muy despacio, se metió de nuevo en la cama y se cubrió con las mantas, acurrucada, inmóvil, esperando.
Los minutos pasaron lentos, muy lentos y ella sentía que se encogía, abrazada a la almohada.
Después de un largo tiempo sintió que su marido se movía a su lado, que prendía la luz y se estiraba sobre su cuerpo para ver la hora. Escuchó una maldición y su marido que dejaba de prisa la cama y se precipitaba en el baño, mientras le decía:
—¡Nos quedamos dormidos, prepárame un café, rápido, que no llego!
Ella cerró los ojos y no se movió. Un fuerte impulso le decía que tenía que correr a prepararle el café a su marido, que sino se iba a enojar y… ¿y qué? se preguntó; acomodó el acolchado azul y cerró los ojos.
Cuando su marido salió del baño, se detuvo sorprendido al verla aun acostada
—¿No me oíste? ¡Nos quedamos dormidos! —le dijo acercándose a la cama. Ella permaneció inmóvil. Él se quedó parado, indeciso, y por fin se acercó a la cama y le pregunto:
—¿Te sentís mal?
Ella se quedó callada, con los ojos cerrados.
—¿Qué te pasa? —insistió: no podía creerlo, después de tantos años de casados era la primera vez que ella no se levantaba a prepararle el desayuno.
—¿Qué tenés?
Para terminar con esa situación absurda, ella abrió los ojos, lo miró y con voz cansada le dijo
—Nada, sólo tengo ganas de quedarme un rato más en la cama —y su voz fue solo un susurro quedo.
Mientras hablaba, su cuerpo se hundía con fuerza en el colchón, tratando de desaparecer.
—A vos te pasa algo. Ahora no tengo tiempo, pero esta noche me vas a explicar…
Su marido tomó el saco y salió de la habitación. Ella escuchó como cerraba la puerta con un golpe.
Se quedó largo tiempo inmóvil, aferrada a la almohada. Después se sentó y abrazándose las rodillas se quedó pensando ¿de qué tengo miedo?... No va a pasar nada, se dijo.
Se levantó, se duchó, se puso un pantalón y una remera, se acercó al espejo y contempló su imagen largo rato. Sonrío satisfecha, contenta con su pelo corto y rojo.
Después, fue al living, buscó un CD de salsa, lo puso en el equipo y mientras la música comenzaba a sonar, empezó con las tareas de la casa.
Por primera vez en su vida creyó que ahora todo sería distinto.
Se detuvo un momento, escuchando la voz que le decía que sólo había ganado una pequeña batalla; sonrío y siguió con sus tareas segura de que las siguientes batallas también las ganaría ella.

Autora: Ángela Rossi. Centro Cultural Elías Castelnuovo.

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