martes, 10 de marzo de 2009

"Ema y Antonio" - Ángela Rossi

Ema y Antonio

Antonio conoció a Ema en el mes de marzo de hace... cuarenta años.
No había reparado en ella hasta un día que, al llegar a la estación, no estaba. En ese momento se dio cuenta de que se había acostumbrado a verla todas las mañanas, esperando el tren de las 7:15.
Él, con sus 23 años, vestido con traje y corbata y con un buen empleo, se sentía un hombre mayor y miraba con cierta molestia a las alborotadoras muchachas que llenaban el andén con sus gritos y sus risas, mientras esperaban el tren que las llevaría al normal de Caballito.
Cuando no vio a Ema sintió que el andén estaba vacío. Ahí se dio cuenta de que las tibias mañanas de marzo le habían parecido más hermosas porque ella estaba ahí, alejada del grupo bullicioso.
Alta y delgada, el largo pelo castaño recogido, los grandes ojos oscuros, serios, permanecía quieta, abrazada a sus libros, sin mirar a nadie.
Al no verla recordó que algunas veces la había ayudado a subir al tren que llegaba a Liniers ya repleto de pasajeros y los que esperaban, trataban de subir formando una avalancha peligrosa. La veía bajar en Caballito y caminar por el andén amplio con la misma actitud seria, recatada.
Una sensación de triste nostalgia lo envolvió.
Al otro día fue más temprano a la estación y esperó con ansiedad la llegada de la muchacha. Cuando la vio se le iluminó la mañana. Buscó acercársele y la ayudó a subir al tren. La miró absorto hasta que bajó en Caballito. El resto del viaje se quedó pensando en cómo acercarse a la joven, casi una niña.
Pasó marzo, llegó abril; las hojas secas comenzaban a alfombrar las veredas y las mañanas eran más frescas.
Antonio estaba enamorado de Ema y no se atrevía a acercarse a ella.
Una mañana, un chaparrón inesperado le dio la oportunidad que estaba buscando. Siempre prevenido, llevaba un paraguas y cuando comenzó a llover (llovía más en la estación que en la calle) se acercó a Ema y le ofreció la protección de su paraguas. Ella aceptó con un gesto y permanecieron juntos, callados, hasta que llegó el tren.
Subieron en silencio.
Al llegar a Caballito, Ema lo miró.
—Gracias, hasta mañana —le dijo con una sonrisa y se alejó hacia la puerta.

Después, todo fue fácil. Se encontraban cada mañana y conversaban (no mucho, ambos eran bastante callados).
Mayo y Junio pasaron con rapidez y un viernes se animó y la invitó a salir.
—¿No quiere ir al cine mañana? En el Edison dan una película italiana que me dijeron que es muy buena.
—Sí. A mí también me dijeron que era buena. Se llama Güendalina y tengo muchas ganas de verla.
A partir de ese sábado se encontraron todos los días.
Antonio estaba fascinado con Ema. Ella lo escuchaba con admiración silenciosa.
En Agosto, ya eran novios oficiales. Los padres de Ema aceptaron complacidos a Antonio: era “un buen partido”; serio, responsable, con un buen empleo…
Ema, que hacía poco había dejado las muñecas, soñaba con jugar a ser ama de casa, tener una casa para decorar a su gusto, un lugar para ella y Antonio. No tenía amigas, le costaba relacionarse con extraños y se aferró a Antonio y a su amor.
Él se complacía de esto, ya que deseaba a la muchacha solo para él.
Al llegar septiembre, los árboles se llenaron de hojas nuevas y los jardines de flores.
Antonio sacó un préstamo y compraron un ph: dos dormitorios, living comedor y, lo que encantó a Ema, una terraza y un patio con una escalera caracol.
Llegó diciembre, Ema recibió con indiferencia su titulo de maestra, ocupada con todos los detalles de la boda. El 22 de diciembre se casaron. Ambos sintieron que sus sueños se hacían realidad.

Antonio regresaba alegre de su trabajo sabiendo que Ema lo esperaba. Cada vez se sentía más enamorado de su mujer, casi una niña, que se le ofrecía con una mezcla de inocencia y pasión que lo deslumbraba.
Sentados en la cocina, tomaban mate y Ema escuchaba atenta el relato de todos los pequeños sucesos que habían llenado su día. Ella hablaba poco, ambos se entusiasmaban esperando el hijo que iba a hacer que formaran una familia.
Mientras, Ema se ocupaba de la casa. Empezó a comprar macetas y plantas que fue ubicando en distintos lugares.
En diciembre la casa parecía más alegre que nunca con los rojos, los violetas y los amarillos de las flores que ella había comprado. Pero el deseo de tener un hijo no se había cumplido.
Comenzaron un largo peregrinaje por médicos y clínicas especializadas, hasta que tuvieron que rendirse a la evidencia. Nunca podrían tener un hijo.
Antonio sugirió adoptar un bebé, y fue la primera vez que vio a Ema enfurecida.
—¿No me querés más? —le gritó fuera de sí—. ¿No te alcanza mi amor que precisás traer a nuestra casa a un extraño?
Él, sorprendido por esa reacción, la abrazó y le habló hasta que logró calmarla.
Nunca más se habló del tema.
Ema se volvió aun más retraída. Sólo salía de la casa para hacer las compras que incluían la inevitable visita al vivero.
Lo único que la entusiasmaba eran las plantas. Cuando el patio estuvo rodeado de macetas comenzó a colocar maceteros en la terraza. Las plantas de interior fueron llenando cada rincón de la casita, y el perfume de los jazmines y lavandas, colocados debajo de la ventana del dormitorio, hacía que muchas noches Antonio se despertara sofocado.
Pero la veía tan contenta, sentía que era lo único que la alegraba y no dijo nada.
Los años fueron pasando, un invierno siguió a otro y nada alteraba la rutina de la pareja.

Cuando cumplieron diez años de casados, Antonio se sentía feliz. Disfrutaba de su trabajo y amaba a su mujer
A veces se miraba al espejo y veía que su cabello comenzaba a ralear y que su vientre hacia rato había dejado de ser plano y después la miraba a Ema: era la misma adolescente que había conocido en la estación, con los ojos grandes y profundos, el mismo peinado y los vestidos sueltos y largos que resaltaban su esbeltez.
Pero algunas cosas habían cambiado. Ema ya no quería salir sola a la calle, así que comenzaron a hacer las compras los sábados y Antonio la acompañaba al vivero.
Él comenzó a quedarse más tiempo en el trabajo: allí tenía compañeros con los que podía hablar de todas las cosas que a Ema no le interesaban y, además, allí no había una sola planta. Después sentía remordimientos y buscaba formas de hacerle sentir a Ema cuánto la amaba

Diez años después, Antonio tuvo que empezar a usar anteojos. Ema ya no quería salir de la casa, él se hizo cargo de las compras y terminó siendo amigo del dueño del vivero. Las plantas invadían toda la casa. Las hiedras cubrían con sus tupidas hojas las paredes; la terraza era un bosque, el patio estaba lleno de macetas, el segundo dormitorio se había convertido en un invernadero y adentro de la casa los pothos, los helechos, las aralias, habían crecido ocupando todos los espacios. La casa se había vuelto un lugar sombrío, penumbroso. Comenzó a sentir que se ahogaba, pero cuando la veía a Ema volvía a sentir por ella la misma pasión. Muchas noches, después de hacer el amor y cuando ella ya dormía, él se quedaba mirándola, fascinado por su belleza juvenil.
Una mañana, mientras desayunaban, Antonio comenzó a observarla: miró como descubriendo ese cuerpo esbelto, ese rostro adolescente, sin una arruga, pero sin expresión. Los ojos eran hermosos, pero no decían nada.
—¡Dios mío! —pensó—, se ha convertido en una planta, hermosa e indiferente.
Se arrepintió enseguida de haber pensado eso, sintió vergüenza, pero la idea ya estaba ahí instalada, y poco a poco fue creciendo hasta que tuvo que reconocerse a sí mismo que estaba cansado de esa esposa silenciosa y de esa casa convertida en un bosque… Una noche soñó que las plantas se acercaban a la cama y con sus largas ramas rodeaban su cuello asfixiándolo. Se despertó semiahogado y ya no pudo volver a dormir. Se levantó en silencio, fue a la cocina y se sentó a tomar un café, pensativo. Estaba harto, pero sabía que cuando Ema apareciera con su belleza intocada quedaría de nuevo preso de su deseo.

Ese sábado cumplían 25 años de casados. Antonio se levantó temprano. Se sentó a tomar mate en la cocina, solo. Ema dormía. Últimamente dormía mucho. Las plantas se habían apoderado de toda la casa. En el invernadero, las orquídeas resplandecían. La terraza era ya un bosque donde las plantas crecían sin ningún control. Ema estaba muy débil, no podía subir la escalera, así que Antonio era el encargado de regarlas, pero se olvidaba; casi nunca subía. Igual seguían creciendo. Ya la casita era una enorme mancha de verdes, salpicada de rojos, amarillos, blancos…
Habría que pintar, pensó Antonio, mirando el techo de la cocina, oscurecido por el paso de los años. Sabía que era imposible: como hacer para pintar con todas las plantas invadiendo la casa, nadie querría hacer el trabajo y Antonio ya tenía demasiado con su trabajo y las tareas de la casa y cuidar a Ema.
Estaba preparando el almuerzo cuando ella entró en la cocina: ya no se ocupaba de nada pero seguía, por suerte pensó Antonio, preocupándose de estar siempre arreglada. Seguía usando los mismos vestidos largos y el cabello recogido, como la había conocido hacía ya tantos años. Pero ahora estaba muy delgada, la piel tensa sobre los pómulos, los ojos más enormes que nunca, la mirada perdida.
Con amor la tomó de los hombros y la acercó a la silla. Ella se sentó y se quedó quieta, mirándose las manos, los dedos largos, huesudos. Le acercó una taza de café con leche y, como a un niño, le fue dando de beber a pequeñas cucharadas, que ella tragaba con aire ausente.
Antonio le hablaba, y ella parecía escucharlo con atención, pero él sabía que minutos después no se acordaría de nada de lo que le había dicho.
—Estoy preparando tu plato favorito, y compré helado, tenemos que festejar… —dijo mientras se levantaba a seguir cocinando
Ema no respondió. Siguió sentada, inmóvil.
Antonio siguió hablando, mientras cocinaba.
—Las orquídeas están hermosas. Hay flores nuevas, ¿no querés verlas?
Sólo el silencio.
Pero el silencio se rompió de pronto. Ema estaba gritando, asustada.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Antonio acercándose.
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Alguien que me ayude! —gritaba Ema desesperada, sacudida por una convulsión.
—¡Por Dios Ema, soy yo, Antonio, tu marido!
La abrazó con fuerza y ella, poco a poco, se fue calmando.
—Suerte que llegaste. Tuve tanto miedo —dijo Ema, respirando ya más tranquila.
Antonio no se atrevió a preguntarle si sabía quién era él.
Siguió cocinando, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Autora: Ángela Rossi. Centro Cultural Elías Castelnuovo.
Fotografía: Fabián San Miguel.

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3 comentarios:

A las 11 de marzo de 2009, 6:37 , Anonymous Anónimo ha dicho...

Qué congoja... Ángela... Sin palabras. Todavía siento la asfixia de esas plantas. No pude levantar los ojos del relato hasta llegar al final, necesitaba continuar leyendo. Y ese dulce amor incondicional. Te felicito. Me conmovió inmensamente. Mariela.

 
A las 22 de marzo de 2009, 15:55 , Blogger mirta ha dicho...

Una historia de amor, muy bien desarrollada.El autor logra mantener el interés por la lectura , y llegar a un final impredecible. Me gustó mucho.Felicitaciones.
Mirta de Belgrano R.

 
A las 28 de marzo de 2009, 11:49 , Anonymous Ángela ha dicho...

Gracias Mirta por tus comentarios.Me alegra que te haya gustado el cuento.
Saludos
Ángela

 

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