domingo, 8 de febrero de 2009

"El neurólogo que me cortó las piernas" - Guillermo Rodriguez Pericoli (Primera mención del concurso de narrativa breve 2006, C. C. Julio Cortázar


El neurólogo me cortó las piernas

Es domingo, día del niño. Son casi las once de la noche, debería descansar. Al menos eso dijo el médico, luego de sentenciar que permaneceré en observación hasta mañana. Pero estoy aburrido, ya se han ido todos. ¿Qué tendrá mi compañero de cuarto? No sé, no me interesa. Todo lo que importa es que no tengo más monedas para ponerle a la tele. Sólo está el “Los Andes”, un diario local de hoy, y yo.
–Maradona pegó duro –dice el título de la parte de deportes, la única que no he leído y releído dos o más veces ya.
–Diego Maradona, máximo ídolo de los argentinos, –continúa en el copete– se lanzó ayer a una guerra verbal contra el presidente de la AFA, Julio Grondona, a quien acusó de “parecer un mafioso”, tras reabrirse viejas heridas por el dopaje positivo del capitán de la selección en el Mundial de Estados Unidos.
Una sensación extraña y ajena me invade de golpe. Aparecen fragmentados recuerdos. ¿El gol a los ingleses? No. ¿El mundial setenta y ocho cuando yo estaba en segundo año y me perseguían los milicos? No. ¿Las preocupaciones de mi vieja en aquel entonces sobre mi salud mental? Tampoco. ¿La ignorancia de mis padres sobre el verdadero peligro? Puede ser. ¿El “me cortaron las piernas” y lo que esas palabras significarían con el correr del tiempo para mí?...
Sí. Eso sí que ha sido fuerte. La identificación que produjo. Más allá de ese sentimiento de idolatría que me ha generado -al igual que a todos los argentinos, creo- la figura cuasi-mítica que la esbozara. Siento que esa frase se hizo carne en mí.
Con ella descubrí lo que sentí aquel día cuando el neurólogo me prohibió practicar deportes. Pero recién pude expresarlo por primera vez, o mejor dicho: lo expresó “El Diego” por mí, dieciocho años más tarde. Entonces, ¿gracias a él se extinguió mi trauma? Porque ahora que lo pienso, desde el día que la oí, volvió a interesarme el fútbol. Claro, así debió haber sucedido.

¿Qué fue lo que me dijo hoy el doctor sobre la disritmia que me puso tan mal?... Mi mente se precipita aún más. Los pensamientos fluyen tan de prisa que parecen superponerse. Es una imagen tras otra y todas son reveladoras de algo muy oculto. Como una erupción de candentes y densos sentimientos que vienen desde el centro de mi alma abriéndose paso. Y nada puede impedir su natural fluir. ¿Será acaso esa pastilla que me dieron para dormir que está empezando a embriagarme?
Es curioso. Estoy comenzando a olvidar el presente al tiempo que voy reviviendo el pasado. Como si mi vida fuese un escenario completamente a oscuras iluminado apenas por un reflector que no puedo controlar. El cual va blanqueando ciertas zonas del pasado mientras oculta el resto. Y ahora estoy viendo claramente cómo han sido las cosas.
Todo empezó hace más de treinta años, el veinticuatro de marzo del setenta y seis. Lo recuerdo porque justo fue el día de mi cumpleaños número doce. Yo acababa de ingresar a las inferiores de uno de los clubes más importantes cuando sucedió. Jugando un partido me desmayé. fue apenas un instante pero bastó para que el médico viniera a revisarme. Preguntó si estaba haciendo algún tipo de dieta. Le dije que ninguna. Que no había comido mucho la última semana porque quería adelgazar para estar más liviano en los entrenamientos. Me dijo que tenía hipoglucemia, que no era nada grave, que vaya a tomar un café con leche con medialunas, comiera normal y por las dudas consultara a mi médico para hacerme un análisis de sangre en unos días.
¿Qué fue lo que me dijo hoy el doctor que me hizo sentir mal?... Sea lo que sea, necesito encontrar una birome y un papel para escribirlo todo. Nada, no tengo nada, Daniela se llevó la mochila con mi agenda. ¿Dónde estará la enfermera? ¿Cuál es el botón para llamarla? ¿Este? No. ¿Este otro? Cualquiera. ¡Los dos! Aprieto los dos.

Cuando le conté a mi madre lo sucedido, se alarmó mucho y me llevó al maldito médico pediatra de toda la vida. Éste ordenó análisis de sangre. Al verlos coincidió con el diagnóstico del médico del club excepto que la hipoglucemia ya se había ido. Es decir que los resultados salieron normales. Pero ante la insistencia de mi madre, sugirió que fuera a ver a un neurólogo de manera preventiva para descartar otras causas posibles de aquel desmayo.
Y fue precisamente éste quien se transformó en mi pesadilla durante los siguientes quince años. Después de ver mi encefalograma afirmó que tenía una enfermedad llamada disritmia cerebral, que no tenía ninguna clase de síntomas visibles excepto algún esporádico desmayo pero que “podía transformarse en algo muy grave si no se la trataba”. Afortunadamente, según él, existía un tratamiento eficaz pero lento que consistía, al menos en mi caso, en tomar una simpática pastillita llamada “Lotoquis” todas las noches, no tomar alcohol, no practicar deportes, todo por un año y volver a verlo al cabo de este.

¿Qué fue lo que me dijo hoy el doctor?... Bueno, ya la llamé, necesito tranquilizarme, ya va a llegar. Pero mientras tanto los pensamientos siguen pasando y si los dejo ir se escapan, se me van a ir. ¡El diario! ¡Sí! Puedo escribir en los márgenes de cada hoja, es muy poquito espacio en blanco pero son muchas hojas. Sí. ¿Pero con qué?

Con mucho temor hice caso al pié de la letra sus prescripciones y lo fui a ver al siguiente año. Me mandó a hacerme un nuevo electro para verificar la efectividad del tratamiento, según él. Luego, mirando esas incomprensibles rayitas ondulantes en hojas continuas, dijo:
–Che, está muy bien esto, ¡eh! Se ve que te está ayudando la medicación.
–¿Entonces puedo volver a jugar al fútbol?
–Todavía no, vamos a darle un tiempito más por las dudas.
Errónea e ilusoriamente yo imaginé que ese “tiempito más” iba a ser de un par de meses.
¿Qué fue lo que me dijo el doctor?... ¡Ah… ya sé! Grasa, grasa, recuerdo que en algún momento al llegar a esta habitación me ensucié la mano con grasa. ¿Qué era lo que había tocado? Tengo que recordar eso y luego, usar una de las puntas de mi crucifijo como pluma… ¿dónde lo pusieron? Tiene que estar por acá.

Al año siguiente volvió a repetirse el mismo episodio y así sucesivamente. Cada visita las mismas palabras, los mismos gestos, las mismas amenazas intimidatorias para que no abandone el tratamiento. Tenía voz grave, ojos saltones marrones, hablaba lento, su cabello sólo crecido en la nuca y los laterales era negro brilloso, siempre la piel bronceada. El delantal blanco llevaba su nombre bordado en cursiva azul. No recuerdo cómo me enteré que era militar o si simplemente lo deduje por su rigidez, su opacidad. Su proceso de reorganización mental.
Cada noche una “Simples Loquitos” -el nombre que, en juego, yo le había puesto a mi medicación- y trescientos sesenta y cinco al año. Y cada año viendo a mis compañeros del club ascender de una división a otra. Hasta llegar a primera. Necesité tragarme más de seis mil loquitos para decidirme a dejarlo, sólo entonces él me dijo que estaba curado. Yo enmarqué el sobre con el último electro y pasé al plano de anécdota a aquella situación. Tenía entonces veintisiete años, una carrera de futbolista truncada casi de raíz y la dicha de ver jugar en la selección nacional a uno de los pibes del barrio, compañero mío del Club Parque, todo un semillero si es que alguna vez hubo alguno.
Jamás volví a jugar al fútbol hasta ayer que, festejando el día del niño con mis hijos, volví a desmayarme.

Al ingresar al hospital me preguntaron mis antecedentes clínicos. Entre tantas cosas que tuve le comenté brevemente la historia de mi disritmia a los médicos. Recuerdo la expresión de sus caras mientras me oían. Parecían muy poco interesados. Luego me extrajeron sangre e hicieron varios análisis más pero no me hicieron un encefalograma. Lo único que no recuerdo es qué me contestó el doctor sobre la disritmia que yo tuve de adolescente. Pero ha sido algo que me cayó como una bomba. Es extraño porque no estoy mal, no tengo ninguna enfermedad, eso me dijo pero hay algo que no puedo recordar y que me provocó mucho malestar.
–Buen Día, doctor.
–Buenos días, Rodríguez, ¿cómo pasó la noche?
–Bien, creo: leyendo, recordando, escribiendo y olvidando.
–Bueno, prepárese que ya se va, ¡eh! Está más fuerte que un roble, no tiene nada.
–Gracias Doctor, pero... ¿que fue lo que dijo ayer sobre mi disritmia? ¿Se acuerda que le dije que tenían que hacerme un encefalograma porque yo padecí de disritmia cerebral durante quince años?
–Si, le repito que eso no es nada porque usted es zurdo, Rodríguez. En la época que le diagnosticaron disritmia los neurólogos no se fijaban si uno era derecho o zurdo. Por eso confundían los impulsos eléctricos que emite el cerebro de los zurdos con alteraciones en el ritmo, ya que tomaban como parámetro de normalidad la media que es, obviamente, de pacientes diestros. ¿Este diario con manchitas de grasa es suyo?

Autor: Guillermo Rodríguez Pericoli. Centro Cultural Aníbal Troilo.
Primera mención del Certamen de narrativa breve 2006, organizado por el C. C. Julio Cortázar.

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2 comentarios:

A las 11 de febrero de 2009, 11:59 , Blogger mara gena ha dicho...

muy bueno, muy llevadero y con el Club del Parque a 1 cuadra de distancia de mi casa me he metido de cabeza en el escrito! En final lo sentí más que como una frustración como una aceptación. MB!

 
A las 28 de febrero de 2009, 2:21 , Blogger ... ha dicho...

auch, a mí me dolió

 

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